Domingo primero de Cuaresma

Domingo primero de Cuaresma

Escrito en: feb 22, 2015

Lectura orante del Evangelio en clave teresiana: Marcos 1,12-15

“Este Padre… me dijo que rezase el himno de Veni, Creator, porque me diese luz de cuál era lo mejor” (Vida 24,5).
El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Nuestros ojos están fijos en Jesús. El Espíritu nos empuja a ir con Él. La conciencia de sabernos amados –“el Espíritu Santo te ama” (R 13)-, es la música que suena en nuestra interioridad y nos alienta a caminar. El Espíritu sabe lo que nos hace falta y nos da ánimo, “libertad y fuerza para ponerlo por obra” (V 24,7). Es Él quien nos mete en experiencias de silencio y soledad, nos hace ver de cerca el dolor de los que más sufren. La oración es la estrategia para dejarnos guiar por el Espíritu. Nosotros preferiríamos vivir en la superficie de todo, pero Él habla al corazón, se insinúa con profundo respeto en la hondura –“muy en el espíritu se me dijeron estas palabras” (V 24,5), orienta a la verdad completa, “causa la novedad” (V 24,5), “es poderoso y Señor verdadero de todo” (V 24,8). Lo invocamos para dejarnos llevar al aire de su vuelo. Ven, Espíritu Santo. Ven.

Se quedó en el desierto, cuarenta días, dejándose tentar por Satanás. El Espíritu nunca nos deja solos, en medio de las pruebas siempre nos acompaña. La mejor forma de hablar del Espíritu es invocarlo. El Espíritu, fuente de gracia y santidad, es el regalo del Padre: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu Santo y a esta Virgen” (R 25,2). Cuando la mentira, fácil y halagadora, ronda nuestra vida queriéndola malgastar, cuando quiere secar las fuentes de la alegría y adormecer los sueños más hermosos, el Espíritu está en nosotros como fortaleza, abre nuestro corazón a la verdad de Dios. “Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo” (V 24,8).

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Viendo cómo Jesús sale a los caminos de Galilea, con qué alegría y libertad, con qué fortaleza, sin miedo al mal, descubrimos, asombrados, la obra del Espíritu. “Estándole alabando” (V 38,9), descubrimos que “por la bondad de Dios, no deja de estar con nosotros” (V 38,9). ¡Qué importante es “entender está con nosotros el Espíritu Santo”! (V 38,9). Cuando todo parecía terminar estrena novedad, alumbra primaveras cuando el invierno creía tener la única palabra, adelanta el reino. ¡Qué alegría! “Se sosiega el espíritu con tan gran huésped, quita los miedos” (V 38,10).

Decía: ‘Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio’. La vida, atenazada, comienza a danzar al son de la gracia que el Espíritu nos regala. “Entonces comienza a tener vida este gusano, cuando con el calor del Espíritu Santo se comienza a aprovechar” (5M 2,3). El Espíritu Santo que “mora en el alma que lo ama” (7M 1,6), nos deja “con grandísimo aprovechamiento en más subido amor de Dios y las virtudes muy más fortalecidas” (V 38,11). “Que el Espíritu Santo enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor” (C 27,7).

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