El tiempo robado

El tiempo robado

Escrito en: ene 02, 2015

1920575_416265608528893_3351769198065623321_nPor Amaya Álvarez.

Como ya comenté en mi entrada anterior, llegar a Australia fue un poco una odisea en la cual parecía que vivíamos dentro de un aeropuerto. Dos cancelaciones consecutivas de nuestros vuelos, tuvieron como consecuencia que nuestra visita a Australia durase apenas algo más de 24 horas.

Demasiado poco para un lugar con tanto que ofrecer.

Llegábamos con un poco de retraso para la primera misa en la Parroquia de Varroville. Así que nada más pasar inmigración y recoger nuestro equipaje, emprendimos rumbo directamente hacía allí. No pudimos más que ver la autovía de camino, pero es curioso cómo aun viendo muy poco se puede intuir que Sydney es una ciudad amable y fácil.

Varroville, está a unos 30 minutos de Sydney pero es una zona muy tranquila, de casas bajas y enormes extensiones de terreno verde en muy hermosas laderas, en una de las cuales, se encuentra el terreno de los frailes Carmelitas. Abajo en la falda de la montaña, está la parroquia, muy cerca ascendiendo un poco más el colegio Carmelita, después el centro de retiro y, coronando la colina, el monasterio de las monjas Carmelitas.

Pero no me quiero adelantar.

Nosotros estábamos en el aeropuerto, con esa sensación de retraso y premura que hace que nos precipitásemos en todo. Incluso que nos hablásemos deprisa y brevemente. Que mirásemos el reloj insistentemente. Estaba aún en el aire la tensión vivida en las distintas ventanillas, de las distintas compañías aéreas, de los distintos aeropuertos. Un poco más impacientes que de costumbre hacíamos la cola de inmigración, que se nos hizo más larga que de costumbre. Con buen ánimo, pero como con la prisa metida en los huesos.

Después en la furgoneta todas las preguntas eran sobre a que distancia estábamos, como era el tráfico, quienes nos esperaban, si llegaríamos a tiempo… etc.

Y por fin, llegamos, y fue bajarnos de la furgoneta y relajarnos por completo.

El lugar transmite una paz absoluta. De repente todo cayó por su propio peso, ya estamos aquí y este lugar es maravilloso. La extensión verde con lagunas y vacas pastando apaciblemente, pequeños grupos de árboles aquí y allí, las personas que nos esperaban, muchísimos jóvenes sonrientes. Varroville nos devolvió a serenidad en cuestión de segundos.

Lástima que la visita fuese tan breve, de verdad que me quedé con la sensación de que necesitábamos más tiempo para realmente ser conscientes de lo que puede aportar este lugar. Pero al menos tuvimos la posibilidad de compartir algunos momentos y en Varroville todo está muy cerca, las distancias se salvan fácilmente incluso caminando, pudimos visitar a las madres, en una peregrinación preciosa que recorría los terrenos Carmelitas. Allá arriba todo estaba primorosamente cuidado, pero si algo me impresionó, fueron las vistas espectaculares del valle y a lo lejos de Sydney, y las flores. Un sin fin de flores de todos los tamaños y colores. Y es que hay una cosa especial común a todos los monasterios que he tenido la fortuna de conocer y esto es la armonía, realmente el lugar te transmite la sensación de pausa y de intimidad que es muy difícil alcanzar en cualquier otro lugar. Y me vienen a la mente varias conversaciones con monjas en las que me explicaban que su ausencia era siempre presente, se alejan del ruido y las distracciones pero no se aíslan, al contrario. Allí en Varroville, recordé estás palabras. Es un lugar donde encuentras el silencio necesario, pero permaneces en contacto. No sé si puedo explicarlo.

Pero nuestras 24 horas dieron aun más de sí. Nuestros anfitriones que, nos habían preparado una ruta para el día anterior a la que no llegamos, no iban a permitir que nos marchásemos sin ver un poquito de la ciudad, así que nos llevaron a ver los lugares más significativos de Sydney, gracias Greg.

Me temo que esta entrada de blog, contiene menos vivencias, y es que solo pudimos saborear un pequeñísimo aperitivo del Carmelo en Australia. E intuir una sociedad muy particular. Yo sigo con la sensación de un pequeño vacío, de echar de menos tiempo, pero no para hacer más cosas, no estoy consiguiendo explicarme con propiedad. Sencillamente faltó tiempo, para compartir más canciones o anécdotas, para llegar a conocer un poquito más a nuestros anfitriones. Para que la complicidad que se empezó a forjar acabase de hacerlo. En cualquier caso, muchísimas gracias por el respeto, el cuidado y la atención hacia nosotros.

Me ha impresionado de Australia que tiene una influencia claramente anglosajona, la distribución de la ciudad, lo coches, las casas, todo me resultaba conocido y familiar, sin embargo, físicamente, los australianos son diferentes, así como promedio son altísimos, con ojos azulísimos, pelo castaño, nada muy sorprendente, pero algo les distingue, es como si la tierra les marcara. Podrían ser perfectamente estadounidenses, pero no lo son, ni ingleses, ni irlandeses aunque muchos presuman de esta ascendencia, pero no. Son clara y auténticamente australianos, como más recios, pero a la vez más amables. Como si las inclemencias de una naturaleza difícil de trabajar se hubiera metido en su ADN. También cierto sentido de la justicia, de la nobleza.

Creo que este es un lugar donde la tierra marca a las personas. Al menos eso parece. Como si muchos más años de historia de la que les corresponde corriera por sus venas.

Sin miedo a repetirme, ya que es la sensación omnipresente mientras escribo estas palabras, me despido de Sydney sintiendo que nos vamos muy pronto, pero enormemente agradecidos.

¡Hasta la próxima, Australia!

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