El trazo más elegante del camino

El trazo más elegante del camino

Escrito en: dic 17, 2014

IMG_2827-1024x682Por Amaya Álvarez.

Antes de empezar esta entrada, tengo que confesar que inicié el viaje a Corea con ciertos prejuicios. Siempre me ha resultado muy fácil comunicarme y compartir con personas latinas, mi madre es venezolana y he viajado mucho por el sur de América, continente que me fascina. En EE.UU. estudié los últimos años de carrera, y es un lugar en el que también me siento muy cómoda. Digamos que conozco los códigos, el lenguaje que va más allá del propio idioma.
Sin embargo, Asia me genera mucho más respeto, me cohibo para no transgredir ninguna norma, pienso que no debo tocar a la gente, ni hablar muy alto, ni muy expresivo por miedo a resultar estridente.
Con lo cual llegué a Corea un tanto intimidada por una cultura que desconozco por completo.
Me encontré un país increíble. Me sorprendió muy gratamente como combinan la modernidad y la hipertécnología con unas formas impecables, un respeto por su propia historia y por el prójimo. Pero ese respeto no marca la distancia, ese era mi error, se trata sencillamente de escuchar, observar al otro, llegando muy rápido a una cercanía completamente natural y cómoda.
Mi sensación al llegar fue empatía y nunca lo habría imaginado.
Aunque también es verdad que hay un barniz común en todas las comunidades de la OCD de fraternidad, pero la sensación fue más allá. Estaba en todas partes.

Corea es peculiar, su arquitectura es increíblemente ecléctica, conviven todos los estilos y ya desde el avión se ven infinidad de edificios altísimos, la mitad de la población del país vive en Seúl, así frente a rascacielos de cristal encuentras casas de dos plantas de ladrillo visto, y metros más allá, una muralla y un templo antiguo. La gente es elegante, así en general, al caminar por la calle no puedes evitar fijarte en como visten y andan. La comida es absolutamente deliciosa y en todas partes huele bien. Y los helados, típicos de allí realizados a base de nieve, gigantes. A pesar de estar bajo cero las heladerías estaban llenas e insisto, gigantes.

Creo que muchas veces me entretengo en describir el lugar y las percepciones que he podido sentir sobre la cultura más que en las celebraciones. Pero es que, en este caso, en especial una cosa fue reflejo de la otra.

Las misas fueron elegantes, delicadas, exquisitas y con sumo cuidado al detalle. También con muchísima tecnología, con emisión en directo a pantallas planas en el exterior, proyecciones… Y que cámaras de video y fotos, tanto a Pablo como a mi se nos iban los ojos.

Pero ante todo el preciosismo, desde la decoración, hasta la música y las voces en el coro, hasta la mantilla que cubría el cabello de prácticamente todas las mujeres.
Las monjas de Seúl nos deleitaron con danzas, hermosas y sutiles.

Corea enamora en todas sus expresiones.
Es la quintaesencia de la amabilidad, del hacerte sentir cómodo y atenderte, siempre con esa elegancia tanto en el gesto como en la palabra.

Y aquí se me acaban un poco las palabras, hasta que regrese para seguir descubriendo esta cultura fascinante.

Muchísimas gracias a los frailes por la atención, hospitalidad y simpatía, a los seglares, y a las monjas por preparar las ceremonias tan bellamente.

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