CAMINO DE LA LUZ POR LEVANTE

CAMINO DE LA LUZ POR LEVANTE

Written in: Jun 05, 2015

MAZARRÓN – PUERTO DE MAZARRÓN

Es el día que más tenemos que madrugar para ponernos en marcha. Cuesta despedirse de la hermosa “huertica” y del ambiente que se respira en Caravaca de la Cruz. En la anterior entrada no comenté que este monasterio es únicamente de frailes. El primero en el que estamos. Y el trato y la perenne sonrisa, el hilo conductor de la orden del Carmelo Descalzo.

El Padre Juan Serrano se despide de nosotros. El Padre David, el sacerdote que nos acompaña en la peregrinación Camino de Luz, le admira. Fue elemental en su formación y parte del actual resultado de la hospedería, en lo que a cuestiones de diseño se refiere, se lo debemos a él.

Al salir pasamos delante la estatua de San Juan de la Cruz que está frente al convento. Ayer por la noche, cuando la luna ya arrojaba sombra, nos hicimos unas fotos entre los constantes “me encanta” del bueno del Padre David. Estoy agradecido por esa pequeña escapada ya que su alegría viró hacia la caridad y me regaló las Obras Completas de Santa Teresa y un pequeño librito de apoyo para entenderlo mejor. No veo el momento de empezar a masticar la razón y el porqué de los pasos que voy dando…

Antes de la parada oficial que fija nuestro Word, pasamos por Mazarrón para exponer el bastón durante unos minutos. Un alto en el camino improvisado pero cargado de gracias. Nos encontramos con una iglesia abarrotada antes de que empezase a despuntar la mañana. El Padre Julio Romero nos recibe con entusiasmo y gratitud. Se expone en el altar y cuando ya nos empezamos a sentir cómodos por estar en compañía de esa comunidad, nos tenemos que marchar. Se escuchan algunos lamentos al tener que recoger el cayado de nuevo pero respetan la agenda con rigurosidad, besan la caja que lo porta y nos piden que carguemos sus intenciones. Nos da lástima salir tan pronto.

Tras unos pocos kilómetros llegamos a San José en el Puerto de Mazarrón. El párroco y sus gentes preparan todo con minucioso detalle. Tras los oficios oportunos, subimos hacia el convento de las Carmelitas Descalzas. Impresiona su ubicación, alejado, como si el propio edificio también hiciese votos de clausura al mundo. Por un resquicio de montaña se asoma un azul tranquilo. Alrededor no hay nada más que el secano propio de esta tierra. Arbustos de baja altura, postes eléctricos dando un rodeo y un par de lonas transparentes en cuyo interior crecen sin atender al ritmo del mundo los tomates de nuestras ensaladas.

El convento todavía está a medio hacer. Hace poco tiempo que decidieron mudarse desde Caravaca de la Cruz hasta el Puerto. La capilla comparte reliquias de primera (restos de la Santa), reliquias de segunda (Cane) y ladrillos con pegotes de hormigón. El polvo y las moscas se cuelan por la entrada y sin embargo ese medio hacer no empaña las sensaciones que se transpiran al entrar a cualquier casa carmelita. Hay un riguroso entusiasmo por elevar lo pequeño al cielo. Las madres lamentan que no podamos quedarnos a comer pero hay más de tres horas de viaje hasta la parroquia de Santa Teresa de Jesús en Valencia.

Ya en carretera y dejando en suspense todas mis vivencias de leche por aquella costa, repasamos lo que ha sido nuestros primeros cinco días de peregrinar. Agotadores, como cualquier aventura que se precie y llenos de esperanza. Al principio, con la distancia propia del ruido, me costaba mucho entender el entusiasmo de la gente hacia el bastón. Se me presentaba como algo lejano, seguramente falta de camino personal andado, el empatizar con la devoción de las personas que se acercaban a él. Entendía por sentado a las monjas. Al final es un acontecimiento extraordinario que irrumpe con alboroto y alegría en el día a día de clausura. Pero los parroquianos… No sé. Tenía la sensación de que estaba siendo vivida como una actividad más. Algo mecánico. Ilusionante pero cotidiano. Curioso pero sin capacidad de remover.

¡Qué equivocado estaba! Las últimas miradas hacia el cayado y besos al cajón con los que me fui de Murcia rumbo a Valencia me conmovieron y me permitieron ver la necesidad de la sencillez y naturalidad en gestos que albergan la historia de fe personal de cada uno. La ilusión de lo extraordinario para poder donar intenciones a la Santa y sus peregrinos.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

 

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