LAS TRIPAS DE UN CERROJO SON OSCURAS

LAS TRIPAS DE UN CERROJO SON OSCURAS

Written in: Jun 22, 2015

DAIMIEL – MALAGÓN

Del sabor de Consuegra, que maneja bien el puchero, a las lagunas y tablas que cercan Daimiel. Si hay una parada con una carga emotiva fuerte es sin duda la que a continuación describimos.

Dejamos los materiales y maletas en las habitaciones de la hospedería que linda a través de una puerta que se abre sin miramientos, con la clausura. El deber de garantizar que el wifi llegué bien, que las sábanas sean las adecuadas o que el suelo siga firme, hace que veamos algo más de cerca la cotidianeidad en una carmelita descalza. Una cotidianeidad que por la edad hace que no sea muy difícil recobrar las conversaciones afortunadas que hemos tenido con nuestras abuelas.

El ritmo es necesariamente más sosegado que en paradas anteriores por la calima. Baja el tempo y solo una confesión que abrasa más que el sol hace que dos figuras tristes paseen por la cuneta de una carretera de faenas y tractores. Abusos de tener a un sacerdote 24 horas a tu lado.

“No es teológicamente ninguna estupidez afirmar que participamos del ser divino. A fin de cuentas, nuestro cuerpo tiene capacidad de infinito porque alberga a Dios en nuestra alma y esa es una realidad por encima de cualquier falta”. La claridad del Padre David resopla mis oraciones. Eleva mi miseria a este sol indiferente para derretirlas.

Castilla – La Mancha lleva un aire distinto. Especialmente en el trato con los demás. Dudo que hasta varios meses después de esta experiencia, una vez que rostros y lugares se hayan acomodado en el olvido y salga a flote la esencia propia del viaje; dudo que hasta entonces pueda estar algo más cerca de lo que la Santa pensó de todos nosotros al ponerla a ella en el centro.

Malagón es otra historia.

Hacer parada en este rinconcito de La Mancha donde coincide que Santa Teresa es patrona del pueblo, que desde el Vaticano se ha concedido año de jubileo teresiano y que conmemoramos el V Centenario con bastón incluido hace que cada paso sea inmortalizado y tenga un eco especial. Casas y parroquias se cubren con imágenes de Santa Teresa. También en la residencia de San Clemente, donde hacemos nuestra primera parada. Rosalía, directora del centro gestionado por las Carmelitas Misioneras, nos coge con la frescura de su carácter y nos indica por donde debemos de movernos, llevándonos de un lado a otro entre frase y frase. Hay momentos entrañables, con ancianos explicando la alegría que supone tener en la capilla el bastón de una compañera de fatigas.

Pronto nos echamos a caminar por las calles de Malagón entre vivas a la santa hasta llegar al convento de las Carmelitas Descalzas.

Allí la expectación es máxima. Periodistas y lugareños se agolpan en la puerta de la iglesia. Este monasterio fue diseñado por Teresa de Jesús y en el presumible lugar donde se sentaba a descansar tras la fatigosa faena de levantar en dos semanas lo que los arquitectos habían estimado hacer en seis meses, la gente se agolpa para poner velas, flores y manos que mellan el granito en busca de magia para sus maltrechos cuerpos.

Tras termina la misa, el bastón es llevado en volandas hasta el locutorio. Justo al abrir la puerta (no se vio ni rastro de una sombra) varias mujeres estiraban los brazos hacia el bastón y grababan el ajetreo mientras el Padre David entraba. Alguna de ellas intentó acompañar al Padre pero tras varios movimientos bruscos la puerta se cerró y ya solo quedaba la conversación orgullosa de las señoras que habían conseguido ver hasta el final del pasillo, tocar el bastón en clausura o palpar el marco interior de la puerta de aquél misterio que tantas historias ocupaba.

Volvemos a la carretera, al sol filtrado por el plástico de los invernaderos, mientras la charla entre los tres componentes de esta travesía gira sobre el misterio y anhelos tan singulares de la gente hacia lo desconocido en su historia comunitaria. Aquellas mujeres enclaustradas pertenecen al pueblo. Deben pertenecer al pueblo, se piensa. Las veneraciones a la santa son ejercicios de abstracción notables y desapegos incontrolables sin las historias y lucubraciones de corredores en silencio, capas blancas y el torno que chirría con palabras claras, gotas de agua viva. El brillo del becerro de oro, al intentar abordar arbustos del Edén, se aprecia en las lenguas y miradas que buscan conocer la intimidad de lo que la historia les ha regalado. Quieren impregnar de Santa hasta la última conciencia de su pueblo y a veces son torpes los gestos para tan ilusorio propósito.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

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