LOS COLORES DE UNA SOMBRA

LOS COLORES DE UNA SOMBRA

Written in: May 30, 2015

FUENTE DE CANTOS.

Las encinas devoran la sombra del coche, como si por fuerza tuviéramos que ir en luz. Los tres vamos en silencio.

“Esta noche juega el Sevilla la final”.

Ni siquiera el fútbol abre hueco a la ermita que cada uno de nosotros va construyendo. Con realidades muy distintas a las espaldas, hay un asombro que nos enlaza y hacer temblar nuestra capacidad de estar expectantes.

“Esto es así. Salvo algún caso extraño. Pero todas las carmelitas descalzas son así”. El Padre David lo unifica todo. Sus palabras, proximity (de lenguaje y edad), su escapulario y capilla de lana que lo tienen cocido por dentro… Ya nos hemos puesto de acuerdo en que el bastón debe llevar parte de todo eso. Y si aguanta el peso, la amistad que vamos preparando, also.

Llegamos al convento de Fuente de Cantos cuando el calor todavía aprieta. El recibimiento es un “copia y pega” de las anteriores experiencias. Miradas zigzagueando de los coetáneos y manos cruzadas, nerviosas, de las carmelitas.

“Es que para ellas es una oportunidad de renovación espiritual. No es tanto por la reliquia, que también. Sino por lo que hay detrás. El significado. La oportunidad de empezar de nuevo”.

Hay que descargar las maletas y buscar internet para enviar las notas de prensa y tras tres visitas doy por válida mi teoría. Estas monjitas no saben caminar. Corren, algunas a un par de milímetros del suelo. A trote cochinero avanzamos la Madre y yo por los pasillos llenos de imágenes sencillas, potos y florecillas. Es la atención del otro y su cuidado, la prueba ante este mundo de cacerolas y goles, la que demuestra en un pueblito blanco del sur de Extremadura hay personas vivas cuya lucha es el brillo de lo cotidiano, mantener la luz encendida o las toallas encima de la cama. Y mientras lo hacen, sus sonrisas reflejan el suelo.

Poco antes de irme a dormir saco el primer ladrillo sobre la Orden del Carmelo Descalzo.

Los conventos de las Carmelitas Descalzas son call-centers con un único cliente, God; al que andan interrumpiendo continuamente por cada uno de nosotros. Lo queramos o no.

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