LÍNEAS INVISIBLES EN ESTANCIAS PEQUEÑAS

LÍNEAS INVISIBLES EN ESTANCIAS PEQUEÑAS

Written in: Jun 08, 2015

VALENCIA – ALQUERÍAS DE NIÑO PERDIDO

Al girar la curva del hospital Doctor Peset Aleixandre, una marabunta de jóvenes nos esperan en la puerta de la parroquia de Santa Teresa de Jesús. Llevan en sus manos algo extraño. Una especie de churro alargado y rojo. Antes de aparcar y llevar el bastón al interior de la parroquia, vemos al Padre José Antonio Todolí y a nuestro entrañable compañero Isak. ¡Al fin volvemos a ser “Los tres mosqueteros”!

Isak sonríe al ver que a pesar de haber estado estos días sin sus bultos, el coche sigue lleno de nuevos regalos y botellas de agua y dulces y folletos y rosarios y pulseras… ¡Benditas Hermanas!

Nos ponemos en nuestros puestos, listos para grabar la entrada, y nos tememos lo peor cuando los jóvenes se colocan en fila, enfrentados unos con otros; dejando un corredor alumbrado por el reflejo del sol en aquellas antorchas rojas de plástico.

Cuando el Padre David empieza a caminar, el Padre José Antonio da la orden a sus fieles marineros y estos accionan sus cañones de confeti mientras el bastón de Teresa sigue inmutable en su cajita de cristal viviendo otra anécdota más que contar a sus cuatrocientos setenta y pico años.

Entramos entre aplausos y algún tímido “¡Viva la Santa!” a la segunda iglesia teresiana más grande de España. Todo está preparado para la ocasión. Y arrancan los oficios, teniendo como referencia a Monseñor Esteban Escudero, Obispo auxiliar de la Archidiócesis de Valencia.

Amablemente nos cede con cariño unos minutos de una enjuta agenda para preparar nuestra pieza de Valencia tras la Misa. Cada palabra es reveladora y coge relieve cuando mira y repasa cincuenta años de servicio. Se enfatiza más la andadura de un hombre con las espaldas anchas (tiene que tener hueco como para cargar la cruz de unas cuántas diócesis en su carrera) cuando calla y escucha los torpes balbuceos de jóvenes que se atreven a empezar en esto de la vida.

Es con ese sabor y con el del espectacular dulce de merengue tomado a un par de metros de la parroquia con el que a la mañana siguiente viajamos a Castellón, a Alquerías del Niño Perdido.

El viaje es cortito y sirve para recordar los grandes momentos de oración que ha tenido el Padre David a poco kilómetros de allí en el “Desierto de Las Palmas”. Tentamos al pensamiento y a las ruedas del coche pero al final nuestro itinerario es como una bolsita de cuero donde intentamos meter el universo. No hay tiempo. No cabe. ¡A la misión encomendada!

El convento de Alquerías es puro almíbar. Moderno y con hijas de Teresa que revolotean alrededor del cayado al verlo puesto cerca del altar. Todas pasan sus manos por él pidiendo por la salud propia o de alguna de sus hermanas. Comunidad entrañable con la que vivimos una fantástica mañana, conociendo sus rincones y permitiéndonos mostrar al mundo la naturalidad de amar a Dios.

Ocurre un suceso extraordinario mientras tomamos la foto de familia propia de todas las despedidas. Una de las Hermanas, con la que previamente había tenido una breve conversación entre los barrotes del claustro y el comedor improvisado del locutorio, me mira fijamente sonriendo. La cámara está a un par de metros a mi derecha pero ella sigue mirándome, como si estuviera hecho de un fluorescente capaz de vencer la luz del día. Me incomodo y sonrío mientras oculto mis pensamientos a través del móvil. Esa mirada se quedó ahí quieta. Seguro que sigue ahí, apuntando en una señal. Como si de un eje de coordenadas se tratase. No la vemos en el mar o en el campo, pero si en los libros que nos muestran la amplitud del mundo. Ahí, en la capilla del convento de Santa Teresa de Jesús, creo que hay una línea invisible que lo atraviesa todo. Y en algún cachito de esa línea, está mi nombre.

Later, en la despedida de la despedida, me cogió las manos y me dijo “hijo mío. Rezo mucho por ti y por tus intenciones. Mantenme tú también presente”.

Eso hago en el viaje de vuelta a la Encarnación, iglesia que contrae parte de la historia de Valencia. There, volvemos a contar con el arzobispado de Valencia. En esta ocasión el Cardenal Antonio Cañizares se apoya en Santa Teresa para elaborar un discurso afilado y pulido que busca llamar a la acción, al “ya es hora de caminar” que encontramos en voz y piedra por cada parada que estamos. En realidad, ya estamos en camino.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

 

VALENCIA ENTRADA

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