Hacia la beatificación de la Madre Teresa

Hacia la beatificación de la Madre Teresa

Escrito en: nov 17, 2014

Por Luis J. F. Frontela.

El 4 de octubre de 1582, a las nueve de la noche, mientras en el palacio ducal se celebra alegremente el bautizo del nieto del duque de Alba, moría, a los 67 años de edad, en el Monasterio de la Encarnación de Nuestra Señora del Carmen, la Madre Teresa de Jesús. A la mañana siguiente, mientras las campanas del Carmelo anunciaban la muerte de la Madre, su cuerpo fue colocado en la iglesia conventual donde el pueblo acudió a venerarlo y a darla el último adiós. Dice el P. Francisco de Rivera, su primer biógrafo, que “Pusieron el cuerpo en el coro bajo… Toda la tarde estuvo la iglesia tan llena de gente que venía a ver aquella maravilla, que ni los podían echar, ni los que estábamos más adentro podíamos salir hasta muy tarde, porque no se hartaban de verla”.  Ana de San Bartolomé, testigo directo de tantos momentos de su vida, incluida su muerte, nos dice que “la enterraron con la solemnidad que se pudo hacer en aquel lugar. Pusieron su cuerpo en un ataúd. Cargaron sobre el tanta piedra, cal y ladrillo, que se quebró el ataúd y se entró dentro. Todo esto hizo la que dotó aquella casa, que se llamaba Teresa Layz, no bastando nadie a estorbárselo; pareciéndole que, por cargar tanto de esto, la tenía más segura, que no se la sacasen de allí”.

Fama de santidad

Treinta y dos años separan la muerte de la Madre Teresa de su beatificación, años en los que continuó aumentando la fama de santidad que tenía en la hora de su muerte. En octubre de 1582 cuando la Madre Teresa muere en Alba de Tormes no es ya la visionaria, como se la tachó cuando la fundación de San José, ni aquella que insultaron de loca cuando en agosto de 1567 sale hacia Medina del Campo, iniciando la cascada de fundaciones. A la hora de su muerte tiene fama de santidad y así se lo reconocen aquellos que la conocieron y que discernieron su espíritu. El P. Domingo Báñez, predicando en Salamanca con motivo de la muerte de la Madre Teresa afirmaba que “la tenía por tan santa como a Santa Catalina de sena y que en sus libros y doctrina la excedía”. Bartolomé de Medina, aquel fraile dominico que antes de conocerla, y por lo que oía, recelaba de la misma, afirma que “no había tan grande Santa en la tierra”. El P. Juan de la Cueva afirma de ella que “la tiene por grande Santa y por mujer de aventajadas virtudes”. A la altura de 1604 declara Luis de Ulloa, hijo doña Guiomar de Ulloa, reconociendo que “Teresa de Jesús fue tal mujer, de admirable vida, santidad y virtud e siempre fue, y es tenida por persona de grande espíritu, caridad, piedad e paciencia y grande constancia e perseverancia en todas las cosas santas que pretendía y especialmente en las fundaciones que hizo, que tuvo grandes contradicciones y especial en esta Ciudad que la vio este testigo tener gran paciencia y alegría como sino tuviera las dichas contradicciones, teniendo siempre gran confianza en Dios Nuestro Señor”.

En el breve de beatificación, del 24 de abril de 1614, el Papa Pablo V afirmaba que “Teresa de Jesús, de gloriosa memoria, fue adornada por Dios con tantas y tan eximias virtudes, gracias y milagros, que la devoción a su nombre y su memoria florece en el pueblo cristiano”.

Vidas de la Madre Teresa

Desde la Edad Media para canonizar a alguien se pedía informes escritos, dando lugar a las vitae, que debían tratar sobre la vida, muerte, virtudes y milagros de aquellos que iban a ser declarados santos. Pronto, una vez muerta la Madre Teresa, se buscó guardar su memoria, para lo cual se intentó recoger los recuerdos que de la Madre tenían los que la conocieron y escribir su vida y milagros, de ahí nace la biografía de la Madre del P. Francisco Rivera, y Diego de Yepes, aunque no hemos de olvidar la de fray Luis de León, Fray Luis de León, que lleva por título Historia de la vida, muerte, virtudes y milagros de la Santa Madre Teresa de Jesús, y que, aunque no se publica hasta 1853, circulaba en forma de manuscrito entre los conventos.

Hablando de vida de la Madre Teresa debemos mencionar la primera vida gráfica o en imágenes, con un gran valor didáctico, ya que en un mundo donde abundaba el analfabetismo, la imagen o el grabado era el medio de acceso para el conocimiento de una doctrina o de la vida de un santo. En 1613 se publicó la vida gráfica de Santa Teresa bajo la dirección de Adrien Collaert y Cornelio Galle. La vida está compuesta por veinticuatro grabados que recogen otros tantos pasajes de la vida de la Madre Teresa, escogidos por dos grandes conocedoras de la Madre Teresa, Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé.

Las vidas sobre la Madre Teresa trataban de hacer un “retrato lo más vivo que se pueda” sobre la Madre, y para ello no busca suplir sus escritos, “más quiero que se lea en sus libros que en el mío”, reconocía el P. Rivera, sino que recogiendo todo lo que la Madre Teresa dice de sí misma, completarlo con “las cosas no escrita” a través de los recuerdos e informes de los que la conocieron, incluso sacar a la luz lo que ella encubre. Se trata, como reconoce la vida atribuida a Diego de Yepes, perpetuar la memoria de la Madre Teresa para que “ni el tiempo la borre, ni con la edad desfallezca, ni con los siglos se pierda”.

La finalidad de la vida de un Santo, como reconoce el P. Rivera en su Vida de la Madre Teresa de Jesús, es doble, por una parte ayudar a los lectores a vivir santamente con los ejemplos de los santos, en este santo de la Madre Teresa, y en segundo lugar, resaltar la gloria y grandeza del Señor, “a quien ellos con todo su corazón amaban, y que tanto deseaban fuese en todas partes conocido y estimado”.

Fama de Santidad

Una de las muchas anécdotas teresiana que se cuentan es aquella que ante las alabanzas repetidas que se hacían de ella de ser “discreta, santa y hermosa”, respondió con toda con naturalidad: “Por lerda no me tengo, lo de hermosa a la vista está y santa quisiera ser”.

Con el tiempo la fama de santidad de la Madre Teresa a fue creciendo. Se la tenía como mujer de “admirable santidad”, “adornada de grandes virtudes como la paciencia, la humildad y la prudencia”. Se la estimaba como escritora de “libros llenos de doctrina celestial”, de hecho los libros de la Madre Teresa habían sido publicados por fray Luis de León, en 1589. Se la alaba como maestra que “nos enseñó el camino de la cristiana y divina perfección”, se reconocía que sus libros facilitaban en el ánimo de los lectores el “camino de las virtud” y los “encendía en el amor a Dios. No se olvidan de presentarla, a pesar que algunos dentro de la descalcez trataran de negárselo, como “fundadora de religiones de hombres y mujeres”.

Era tal la fama de santa que Diego de Soria, obispo en Filipinas, extendió su devoción entre los nativos de aquellas islas e imponiendo el nombre de teresa a las mujeres en su bautismo, a pesar de no haber sido aún beatificada, y todo “a honra de su nombre”.

Su cuerpo, una vez que se le deja reposar en Alba de Tormes, era cada vez más “visitado como de Santa”, siendo común la fama que se la atribuía de hacer “muchos milagros dignos de su memoria”. No podemos olvidar la mentalidad de le gente de aquel entonces, nadie puede gozar de la fama de santo si no es capaz de realizar milagros. En 1614 el P. Antonio de la Encarnación reconoce que hasta el sepulcro de la Madre Teresa “concurre innumerable gente de todas las partes. Hácenle novenas, encomendándose a la Santa, reciben de Dios muchas misericordias con grande operación de milagros”.

Aquella gente del siglo XVII entendía por milagro “el sello con que Dios sella por fuera los justos para que sean conocidos por amigos suyos”, se entendía todos los hechos sorprendentes e inexplicable. Se considera el milagro como “el testimonio más ordinario en que la Iglesia se funda para testificar de la santidad y virtud de los santos”.

Se reconoce que en Teresa de Jesús hay muestras más que suficiente de santidad: en la práctica de las virtudes, en sus escritos, en la obra fundacional, pero también por la “gracia de la sanidad y del milagro” por eso las vidas de la Madre que se escriben por aquellos años previos a su beatificación dedican todo un apartado a “los milagros y maravillas que Dios ha obrado por medio de la Santa Virgen Teresa”, o como reconocía la Vida de la Bienaventurada Virgen Teresa de Jesús de de Diego de Yepes: “obra maravillosas y raras”. Todos distinguen en los milagros, los sucedidos en vida de la Madre, como la conversión del cura de Becedas que aparece en todos los sumarios de milagros de la Madre, y los acontecidos después de su muerte, entre ellos la incorrupción de su cuerpo y la fragancia que sale de él: “muerta mana vuestro cuerpo Santo / olio, que muestra que os sobre tanto / allí está dando vida a tanta gente / que se puede decir que vive”. Lope de Vega, en la oración y discurso con que se inicio el certamen poético de Madrid en honor de la Madre Teresa, reconoce que tanto la incorrupción como la fragancia salida de su cuerpo “es privilegio que Dios concede a los Santos”. El P. Francisco de Rivera nos transmite el testimonio de cuando la apertura del ataúd de la Madre Teresa a los pocos meses de su muerte, 4 de julio de 1583: “hallárosle quebrado por encima, y medio podrido, y lleno de moho, con mucho olor de mucha humedad que tenía, porque para poner las piedras habían echado primero cal sobre él, y aquella humedad pasó abajo. Los vestidos también estaban podridos, y oliendo a humedad. El santo cuerpo estaba lleno de la tierra que había entrado por el ataúd, y también lleno de moho, pero sano y entero como si entonces lo acabasen de enterrar, porque como nuestro Señor en la vida le guardó enteramente de toda deshonestidad con perfectísima virginidad, así después de la muerte le guardó de toda corrupción, y no quiso que tocasen los gusanos al que los ardores de la deshonestidad habían perdonado”.

El mismo P. Rivera afirma que “muchos son los milagros que ha habido y cada día los hace el Señor nuevo, por muchas vías, con el deseo que tiene de honrar a quien tanto le honró y tan fielmente le sirvió″, y en La vida de la madre Teresa de Jesús, publicada en 1590 recoge 51 relato milagrosos atribuidos a la Madre Teresa. El P. Diego de Yepes, 1606, que reconoce que “con cuatro milagros principalísimos honro el Señor a la Santa Madre”: la incorrupción de su cuerpo, el olio que sale de él, la fragancia y el olor, y el “paño teñido en sangre, tan viva y tan fresca, como si entonces la derramara”, recoge 14 milagros atribuidos en vidas atribuidos a la Madre Teresa y 90 tras su muerte. En 1614, año de la beatificación de la Madre Teresa, el P. Antonio de la Encarnación, en su obra, Vida y milagros de la esclarecida y seráfica Virgen Santa Teresa, recoge 164 relatos milagrosos atribuidos a la Madre Teresa.

Los milagros se obran a través del contacto con partes del cuerpo de la Santa, reliquias de sus vestidos u otros objetos usados por la Madre, o lienzos teñidos con su sangre, y por medio de la oración, la invocación y el encomendarse a la Madre Teresa.

Los milagros son de todo tipo. Haber conseguido, que a través de las oraciones a ella dirigida, la conversión de un turco llamado Hamete, a quien la justicia de Toledo había atenazado por un grave delito, haberse obstinado en la falsa secta de Mahoma y no quererse convertir a nuestra Santa fe. Hamete, al fin de sus días, pido el bautismo y cambio su nombre por el de Juan. Haber logrado, por la lectura de sus escritos, librar del influjo del demonio a una criada de Doña Francisca de Fonseca, monja en el monasterio de la Madre de Dios de Alba de Tormes. Haber conseguido que, por la lectura de sus libros, Alonso Contreras de Rivadeneira, vecino de Salamanca, dejase su mala vida y se hiciese sacerdote. Lo mismo le sucede al estudiante Diego de Avila, quien después de leer los libros de la Madre Teresa, decide entrar como religioso en los dominicos. El embajador del duque de Ferrara en Madrid después de leer los libros de la Madre Teresa decide cambiar de vida, entrando en la Cartuja, solía llamar a los libros de la Madre Teresa “mi predicador”. Milagros obrados para socorrer a las necesidades del cuerpo: Haber curado al hijo del licenciado Vallejos, oidor del consejo del Duque de Alba, “desahuciado de vida y salud”. Haber recobrado la salud el Marqués de Ardales, Juan de Guzmán, al aplicarle la Duquesa de Sesa una reliquia de la Madre Teresa. Haber sanado al joven de Alba de Tormes Bartolomé Pinto, “que estaba ya con la candela de la muerte en la mano”.

Era tal la fama de sus milagros que cuando el Señorío de Vizcaya, en 1611, suplica a Paulo V la beatificación de la “Virgen Teresa de Jesús”, insiste en “los grandes milagros que después de su muerte y por su intercesión Nuestro Señor ha hecho”.

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