Homilía del P. Saverio Cannistrá, con motivo de la apertura del Año Jubilar

Homilía del P. Saverio Cannistrá, con motivo de la apertura del Año Jubilar

Escrito en: oct 15, 2014

1-IMG_8404

 

Ávila, 14 de octubre de 2014
Con esta celebración eucarística abrimos oficialmente el año en el cual recordamos el quinto centenario del nacimiento de la Santa Madre Teresa. Nos venimos preparando para este momento, los carmelitas descalzos y descalzas, desde el 2009, a través de un camino de lectura, reflexión personal y compartida en nuestras comunidades, de los textos en los que Teresa se ha dado del todo a sí misma.
Ciertamente se puede afirmar de ella aquello que dice la Sabiduría en la primera lectura que acabamos de escuchar: “La aprendí con sinceridad y la comunico sin envidia, y a nadie le oculto sus riquezas”. Y las riquezas que nos ha legado en herencia Teresa son tan abundantes que casi nos pondría en un compromiso tener que elegir alguna, en el caso en que alguien nos preguntase: ¿Por qué vale la pena celebrar este aniversario? ¿Qué puede decir todavía Teresa al mundo y a la iglesia de hoy? ¿Qué es lo que nos da y qué ayuda puede prestarnos en estos tiempos en los que algunos de los bienes más necesarios de la sociedad están seriamente amenazados: el bien de la paz, el bien de la libertad (especialmente la libertad interior, la libertad para ser nosotros mismos), el bien de la verdad?
Es verdad que, tratándose de un cumpleaños, se espera sobre todo que nosotros, su familia y sus amigos, entreguemos un regalo a la festejada. Pero es aún más cierto que, en el darle los pequeños regalos que estamos preparando para este año centenario, no haremos otra cosa que reconocer que el verdadero y más grande regalo es precisamente ella, Teresa, regalo hecho no sólo a nosotros, su familia, sino a todo el mundo. Por ello me parece justo que nos hagamos esta pregunta ¿Qué nos está regalando Dios, dándonos una vez más, volviendo a proponernos a quinientos años de distancia su vida, su persona, su experiencia y su doctrina?
Como decía, podríamos provocarnos alguna dificultad tener que elegir entre tantas vertientes de la figura y de la obra de Teresa: la mujer creyente, que a la luz del evangelio se bate por afirmar la dignidad de la condición femenina, o la maestra mística que abre nuevos caminos para el espíritu; la fundadora de una familia religiosa, con un estilo carismático propio, o la escritora que inventa géneros literarios y metáforas capaces de abarcar sus experiencias incomparables.
No obstante todo esto, personalmente no tengo ninguna duda a la hora de precisar aquello que para mí es el verdadero motivo de la perenne actualidad de Teresa y que, a mi parecer, es también la fuente de la cual brotan todos los matices de su multiforme personalidad.
No hay página de Teresa en la que no se refiera, en modo explícito o implícito a Jesús, no tanto a la fe en Él, sino a la experiencia de Él: mirarle, pensarle, escuchar su palabra, nutrirnos de su cuerpo, tocar con nuestras manos su humanidad. Cierto: Jesús es el mismo ayer, hoy y siempre, como dice la carta a los Hebreos, pero no hay duda de que Jesús se ha dado a Teresa en un modo nuevo, le ha regalado una experiencia nueva de sí mismo, capaz de responder precisamente a las preguntas e inquietudes de su alma, de su espíritu.
Teresa es la Samaritana que va en busca del agua que aplaque su sed y encuentra en Jesús no sólo el agua, sino la fuente de agua que no corre el riesgo de secarse o contaminarse. Sabemos bien hasta qué punto estimaba Teresa esta parte del evangelio, porque en ella reconocía su propio encuentro con Jesús: el encuentro de un alma sedienta con la fuente del agua viva.
En Jesús, Teresa redescubre el fundamento de su humanidad, que coincide con el hacerse hombre de Dios. La humanidad no es algo que se refiere a Dios como a una realidad extrínseca sino que –a pesar de la diferencia abismal- somos hombres solamente en cuanto que Dios se ha hecho hombre. Y nosotros, cristianos, no conocemos otro Dios que éste: el Dios que, en el centro de sí mismo, en lo más íntimo de su misterio trinitario, lleva impresas las huellas de la humanidad, y no existe ni pecado ni muerte ni potencia hostil, terrestre o celeste que pueda borrar esta verdad nuestra escrita por Dios en Dios.
Teresa ha descubierto en un momento dado ser verdaderamente “de Jesús”, es decir, parte de Él, miembro de Él, inseparable de Él. Y dentro de Él ha descubierto poder respirar libremente, poder moverse en espacios amplios, por anchos caminos, mucho más que los caminos y los espacios que el mundo le ofrecía. Por eso ha querido unirse a Él en una intimidad estrechísima, eremítica según la tradición del Carmelo, porque sólo dentro de esta intimidad su humanidad podía dilatarse y sus horizontes podían ensancharse hasta alcanzar los más extremos confines de la tierra. Es emocionante seguir, casi paso a paso, esta transformación progresiva de Teresa, que de las estrecheces de una vida hecha de tantas cosas fútiles y mezquinas es liberada y conducida hacia otra dimensión, en la cual todo es vivido con Cristo y en Cristo y, por ello, todo asume sus proporciones: “la amplitud, la anchura, la altura y la profundidad” de su amor (cf. Ef 3, 18).
Esta transformación es importante no tanto porque ha dado lugar a experiencias místicas extraordinarias, a las cuales nunca la iglesia ha dado particular importancia, sino porque ha desencadenado una actividad incesante, se ha convertido en caridad evangelizadora que se preocupa del otro, sea cercano o lejano. Junto a ello y en medio de todo ello, Teresa desarrolla una sabiduría de vida, aprendiendo a vivir de modo nuevo, apreciando y amando aquello que Jesús apreciaba y amaba: la voluntad del Padre, que la llama a darse sin reserva a los hermanos y las hermanas.
De este foco emerge todo lo demás, comenzando por su modo de hacer oración, que es el momento fuerte de su encuentro con Cristo. Y haciendo oración, es decir, estando frecuentemente con Jesús, una puerta secreta se abre y Teresa entra en un espacio del cual ignoraba la existencia, a pesar de ser éste el espacio de su propio yo, de su misma alma. Recorriendo este espacio interior, descubrirá las dimensiones del camino que es necesario recorrer para llegar hasta el fondo, hasta el centro, hasta el lugar en el que habitan la paz, la verdad y la libertad y donde las tres se encuentran y se entrecruzan en la persona de Jesucristo, hijo del Padre y portador del Espíritu.
Una experiencia así no podía quedar escondida, no podía ser silenciada. Teresa se sobrepone a la dificultad de escribir sin descanso para comunicar aquello que está viviendo. Lo hace por obediencia, no tanto a los superiores que se lo piden, cuanto a una lógica interior que se lo impone. Como toda experiencia auténtica de Jesús, su experiencia se convierte en una experiencia de iglesia que la convoca, se transforma en anuncio profético de una nueva forma de comunidad. Comienza así un ciclo de fundaciones que –gracias a Dios-, a través de tantas vicisitudes históricas, continúa todavía.
Es esta energía, esta agua viva, la que nosotros seguimos obteniendo de Teresa y por esto estamos aquí para celebrarla. Y queremos anunciarlo a todos, queremos “gritarlo desde los tejados”, como dice el evangelio: proclamar que el hombre no está hecho para horizontes angostos, que su felicidad no se puede reducir a un círculo de producción y consumo, que su ser se despliega solamente en cuanto se pierde en la relación con el otro, por más sufrimientos, fatigas y fracasos que ello nos suponga.
Pienso que Teresa puede darnos ahora a todos nosotros, hombres y mujeres de este nuestro tiempo, tantas veces fríos y tristes, aquello que más necesitamos, aquello que más nos hace falta: el calor y la fuerza de una esperanza renovada. No se trata, sin embargo, de una gracia barata. Teresa no nos engaña acerca de ello. Sabe cuanto esfuerzo y cuanto trabajo cuesta recorrer este camino y por ello insiste acerca de la importancia de la “determinada determinación”, habla de la firmeza de la decisión de no echarse a atrás ante las pruebas y las dificultades. Pero, al mismo tiempo, Teresa nos ayuda a recorrer el camino, poniendo de manifiesto lo que verdaderamente importa: no los gustos ni los consuelos espirituales, sino el crecimiento en las virtudes fundamentales, aquellas que tienen que ver con nuestra relación con el otro, con el mundo y con nosotros mismos. La experiencia de Dios no la constituyen experiencias que nos suspenden entre el cielo y la tierra, sino en experiencias guiadas por el Espíritu, por nuestros prójimos, por la historia en la cual vivimos, por nuestro propio ser.
Es por todo esto que Teresa puede encender de nuevo en nosotros la esperanza, precisamente porque no nos lleva a soñar, como hacen hoy tantos líderes espirituales y políticos, sino que nos hace mirar al frente, indicándonos un camino a recorrer y una casa que alcanzar. Y con estas palabras, dirigidas a nosotros, concluyó su vida terrena: “¡Ya es tiempo de caminar!”

Facebook