La cal y la arena del Camino

La cal y la arena del Camino

Escrito en: mar 07, 2015

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Por Amaya Álvarez.

Llegar a Israel no fue coser y cantar. Ni mucho menos. El hecho de tener un sello del Líbano en nuestro pasaporte y otro sin fin de sellos de este periplo mundial hizo que los agentes de inmigración nos cuestionaran muchísimo. Fue toda una experiencia esperar más de tres horas y ser interrogados hasta en tres ocasiones. Por separado y sin entender mucho que estaba pasando. Mi mayor preocupación era la de nuestros anfitriones que nos esperaban fuera y nosotros no terminábamos de salir nunca. Sin embargo, tengo que decir que demasiados pocos problemas hemos tenido en todos estos meses y finalmente pudimos entrar a Tierra Santa, bien es cierto que no llegamos a tiempo a la primera velada de oración. Entramos a Belén casi a media noche, cosa que a las monjas lejos de contrariarlas les pareció una feliz coincidencia.

Visitar Tierra Santa es un cúmulo de experiencias y sensaciones muy intensas en muy poco tiempo y espacio. Pudimos visitar la Iglesia de la Natividad, el Santo Sepulcro, el lugar donde Jesucristo hizo el milagro de los panes y los peces, donde dio el discurso de la montaña, donde le preguntó a su discípulo Pedro si le amaba, el Monte de los Olivos, el lugar donde Jesús lloró por Jerusalén en su noche oscura y que ahora ocupa una iglesia maravillosa que representa ese momento. En definitiva los lugares donde vivió y predicó. En nuestras primeras horas allí no queríamos ni pestañear. Da la sensación de que cada piedra tiene una historia que contar. Entrar a las cuevas y catacumbas es como sumergirse en otro mundo y otro tiempo. Tan sólo Jerusalén oculta bajo sus edificios tanta historia, que uno desearía poder quedarse en cada sitio horas y horas, para seguir descubriendo detalles.

La mezcla de las culturas y las religiones marca Tierra Santa, donde lo mismo oyes campanas, que la llamada a la oración musulmana; igual que caminas junto a un judío ortodoxo, atraviesas el barrio árabe, después el cristiano y así…

Otra peculiaridad que alcanza su esplendor aquí en Tierra Santa es la internacionalidad de los Carmelos. En este viaje hemos visitado, muchísimos conventos y monasterios y siempre nos llama la atención encontrar carmelitas descalzos de distintas partes del mundo. Pero esto llega a su máximo en Israel, donde tanto las monjas como los frailes viven en comunidades completamente internacionales. Acostumbramos cuando tenemos oportunidad a poner a los frailes y monjas algunos de los vídeos que vamos grabando, por ejemplo, si hay una monja de Brasil en Costa de Marfil, pues le ponemos el vídeo de Brasil. Esto en Tierra Santa es imposible, no teníamos tiempo material para poner los vídeos de tantos lugares. A mí personalmente me parece maravilloso, es el mundo a pequeña escala. Es la convivencia entre hermanos y hermanas aunque procedan de lugares completamente diferentes. Un ejemplo de respeto y amor fraterno.

Pero, sin duda, uno de los momentos más especiales de este viaje lo hemos vivido en Haifa, en el Monte Carmelo, personalmente estaba impaciente por llegar a ese lugar cuna de los carmelitas y del que Santa Teresa nos habla en la quinta morada del Castillo interior: “Porque este fue nuestro principio, de esta casta venimos, de aquellos santos padres nuestros del Monte Carmelo que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban el tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos”.

De la mano de los frailes de Haifa que nos acogieron tan gratamente y de las monjas que contaban un permiso especial y nos acompañaron, llegamos junto al bastón al Wadi Siah. En el corazón del Monte Carmelo, en torno a la Fuente de Elías, donde aún quedan las ruinas de la iglesia y las cuevas donde vivieron esos eremitas, que dieron vida a los Carmelitas.

Una vez allí, tras una procesión por esas montañas siguiendo los pasos de los primeros carmelitas, en un altar improvisado en el centro de las ruinas, con flores silvestres adornando el relicario, el bastón de Santa Teresa llegó por fin al lugar donde nació la orden que luego Santa Teresa reformaría. Allí vivimos un emotivo momento de oración. La verdad es que con los corazones llenos de alegría, con la satisfacción de quién siente que acaba de realizar algo muy importante.

Por ese instante, da igual lo difícil que nos resultara entrar en Israel, o salir, que fue incluso peor. Son por momentos así por los que sabemos que todo esfuerzo es poco. Por que en este viaje se han dado muchos instantes así, donde se respira la magia. Donde todos nos sentimos más unidos y conectados con nuestra fe. Momentos en los que uno se siente inmensamente feliz y pleno.

Gracias de nuevo, a todos los que nos acompañáis leyendo estos textos o viendo los vídeos, a los que nos acogéis, a los que nos lleváis en vuestras oraciones y a los que hacen posible este peregrinar del Bastón de Santa Teresa.

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