El carmelo teresiano hoy

Escrito en: jul 10, 2015

LOS AMIGOS FUERTES DE DIOS

Emilio Martínez, OCD

Cuando el 24 de agosto de 1562 Santa Teresa iniciaba la reforma de la Orden del Carmelo en el pequeño convento de San José, poco podía imaginar las consecuencias que aquel gesto tendría para la historia.

Revuelo en Ávila, protestas de unos y otros porque un nuevo convento cuyas monjas habría que sustentar nacía en la ciudad, las hermanas de La Encarnación molestas porque se les hacía de menos… Y después de algún tiempo las aguas volviendo a su cauce y Teresa gozando de unos pocos años de paz y sosiego.

Pero más tarde, cuando el misionero Alonso de Maldonado visita el 1 de junio de 1566 San José y cuenta a las monjas de los desmanes de los españoles en América y, sobre todo, los cientos de almas que se pierden por falta de misioneros que lleven el Evangelio a los indios, su corazón empieza a inflamarse. La consolidación de la primera fundación y las noticias de las guerras de religión en Europa harán el resto: la visión de un mundo que arde pone a Teresa de Jesús en marcha y comienza a fundar, primero, monasterios de monjas (comenzando en Medina del Campo el 15 de agosto de 1568) y, más tarde, conventos de frailes.

A su muerte, el 4 de octubre de 1582, la aventura no había hecho sino empezar; así lo había advertido ella a sus frailes y monjas en el Libro de las Fundaciones, suplicándoles que procurasen comenzar siempre de bien en mejor.

Fieles a este mandato, los hijos de Santa Teresa se han expandido a lo largo de estos más de cuatrocientos años por los cinco continentes. Han sufrido los avatares de la historia, pasando por la acogida calurosa por parte de los pueblos a los que llegaban a la expulsión, la persecución o incluso la muerte, el martirio. Impulsados por la experiencia teresiana, se han entregado en cuerpo y alma a la evangelización a través de la contemplación y la acción, llevando a muchos el nombre de Jesús y enseñándoles aquello aprendido de la Madre: que es un Amigo fuerte, de dulce compañía, con quien es posible establecer una profunda relación de amistad; que por él vale la pena vivir y, por él y como él, vale la pena entregar la vida para dar vida a otros.

Luces y sombras no han faltado a lo largo de la historia del Carmen descalzo, pero los santos y santas que, portando el hábito de la Virgen, esmaltan de gloria a la familia teresiana son el mejor testimonio del regalo que Dios ha hecho a la Iglesia y a la humanidad a través de Teresa de Jesús.

El barco del Carmelo sigue hoy navegando y, por más que la mirada ha de dirigirse siempre hacia delante, el ejemplo de nuestros padres y madres antiguos, a cuya vida cotidiana puede asomarse quien contempla estas fotos del Carmelo teresiano, es siempre referencia obligada y estímulo eficaz para la vida presente.

EL CARISMA TERESIANO

Pocos dudan hoy de que la obra de Santa Teresa fue más la de fundar una Orden nueva, bien que radicada en el fecundo tronco del Carmen, que la de abordar, simplemente, una reforma.

La tradición y el modo de vida heredados de Teresa, custodiados durante cuatro siglos por generaciones de monjas y frailes, hubo de actualizarse a raíz del Concilio Vaticano II. La Orden emprendió entonces un trabajo serio, muy concienzudo: se trataba de destilar la esencia del carisma, de limpiarlo de adherencias caducas y presentarlo, renovado en lo accidental y fiel en lo esencial, para que siguiera siendo efectivo y adecuado a los tiempos modernos. El proceso se culminó para los frailes en 1980, con las Constituciones que serían adaptadas en 1986 al nuevo Código de Derecho Canónico y, para las monjas –que siguieron un itinerario más complejo-, con dos Constituciones distintas, las de 1990 y las de 1991.

El Carmen descalzo de hoy se sabe, por voluntad de Teresa, vinculado a los ermitaños que en Tierra Santa, en el Monte Carmelo, iniciaron la vida eremítica dedicados a la contemplación, tomando como modelos a la Virgen María y a Elías, el profeta. La genialidad teresiana, iluminada por las gracias que Dios le regala en sus experiencias místicas, será reinterpretar la contemplación para mostrarla no como camino de autorrealización, sino como forma de servicio a la Iglesia y a los hombres, de suerte, como afirman las Constituciones de los frailes, que la oración, el retiro y la vida entera de la comunidad primitiva de monjas se ordenen al servicio de la Iglesia. Igualmente, atraída por la contemplación del horizonte misional decidió asociar a su obra frailes animados del mismo espíritu.

Convencida de que no existe una vida espiritual auténtica si faltan los valores humanos, Santa Teresa imprimió a sus hijos e hijas una serie de virtudes, muchas de las cuales le eran propias: la alegría, la vida fraterna en ambiente de familia, el reconocimiento de la dignidad de la persona humana y la nobleza del alma. Quiso a sus frailes y a sus monjas bien formados, estudiosos, tanto como los quiso sabedores de formar parte de una única familia.

El Carmelo teresiano es, por tanto, en primer lugar, un espacio de familia en el que se reúnen hombres y mujeres determinados a llegar a ser amigos fuertes de Dios. Para ello, lo saben bien, es necesario que sean amigos y hermanos entre ellos y que todo ser humano sea, como para Jesús, objeto absoluto de su atención. El hijo y la hija de Santa Teresa no quieren vivir para sí, no desean realizar un proyecto personal que anteponga los propios derechos a los de los otros y están dispuestos a renunciar a ellos con tal de que esos otros los alcancen. Su alegría es la alegría del pobre, del pequeño, del perseguido, de aquel que, no conociendo al buen Jesús, es tocado un día por la gracia y se deja alcanzar por ‘El.

El carmelita encuentra su fuerza en la oración y en la vida sacramental, en la escucha de la Palabra de Dios no sólo en los momentos de silencio, de retiro, sino también en la vida. El fraile y la monja descalzos están atentos a los signos de los tiempos, saben que Dios habla también en la realidad que nos rodea y que Cristo sale al encuentro de todos en cada hombre y en cada acontecimiento.

Como queda dicho más arriba, todo esto no tiene ningún sentido si el carmelita descalzo no sabe vivirlo en familia, en fraternidad. La caridad preside la vida del convento, del monasterio y, en medio de las divisiones y enfrentamientos que el roce diario produce indefectiblemente, debe alzarse la misericordia, el espíritu de acogida y de perdón del otro.

Todo esto viven –o, al menos, intentan vivir- los hijos e hijas de Santa Teresa para que su vida dé fruto, y fruto abundante, para embellecer la Iglesia y sanar el mundo. Donde falta el diálogo, donde se imponen los ruidos o los silencios infecundos, el carmelita propone la palabra callada, la soledad sonora que regenera y reconcilia; donde se imponen la discordia y el rencor, el hijo de Teresa rechaza ese alimento rancio y dispone un banquete de fraternidad, acogida y simplicidad; donde la abundancia aturde y ciega, la familia teresiana llama a la sobriedad, a la sencillez de la pequeña celda conventual, la habitación en la que sobra cuanto no ayuda a fijar los ojos en el otro y en los otros; donde el ser humano abusa y explota la naturaleza, los frailes y monjas carmelitas presentan un trabajo sencillo y respetuoso con los ritmos de la tierra y aman lo creado, reflejo del Amado: las montañas, los valles solitarios, nemorosos…

LA FAMILIA DE TERESA, HOY

Los hijos e hijas de Santa Teresa se encuentran esparcidos en los cinco continentes. Cerca de 4.000 frailes y unas 10.000 monjas viven en 624 conventos y 759 monasterios, así como en 106 misiones.

La Orden es fecunda sobre todo en Asia, en particular en la India, y África-Madagascar, el Continente con un mayor número de personas en formación. Es también fuerte la presencia en América Latina y, en Europa, aun cuando la media de edad es más alta, es alto el número de religiosos y religiosas.

Más de 50.000 seglares están asociados a la Orden, constituyendo en diversas fraternidades la Orden Carmelita Seglar Descalza, un laicado que, unido a los frailes y las monjas, vive intensamente en las experiencias cotidianas el carisma teresiano.

Existe además un gran número de congregaciones que, inspiradas en el carisma de Teresa o el de alguno de los santos del Carmelo, cuenta justamente como parte de esta gran familia, la de los hijos e hijas de Teresa.

En definitiva, unidos por el espíritu de su fundadora, espíritu de fraternidad, oración y trabajo, los y las carmelitas, fiados en un glorioso pasado y esperanzados en un futuro que Dios conduce, siguen con paso apresurado la huella de Teresa, para contagiar a todos el fuego del Evangelio de Jesucristo, al servicio de la Iglesia y de los hombres.

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