La peregrinación teresiana, 1878

La peregrinación teresiana, 1878

Escrito en: mar 03, 2015

peregrinacion teresiana

Por el P. Luis Javier Fernández Frontela, Orden del Carmelo Descalzo.

El nuevo medio de comunicación, como fue el ferrocarril, permitiendo el desplazamiento de grandes masas en un menor tiempo, va a favorecer el fenómeno de la peregrinación. Y este medio será el empleado por Enrique de Ossó, el gran propaganditas de la devoción a la Santa en el siglo XIX, para llevar un gran número de peregrinos de distintas procedencias a los lugares teresianos, Ávila y Alba de Tormes.

La partida de los Peregrinos de Tortosa tuvo lugar a primera hora de la tarde del 20 de agosto de 1878. Antes de partir los peregrinos celebraron misa en el altar de la Archicofradía de Santa Teresa, en la iglesia de San Antonio, luego visitaron a la Virgen de la Cinta, y  después de rezar las Letanías lauretanas y cantar la salve, se dirigieron hacia la estación, donde se unieron con los peregrinos procedentes de Barcelona, Gracia, Mataró y Tarragona.

El tren en el que montaron estaba adornado de  guirnaldas y en el testero de uno de sus vagones llevaba una fotografía de Santa Teresa, “la Heroína española”. Al atravesar el Ebro entonaron el cántico de la peregrinación. En Vinaroz se unieron a los peregrinos el Director general de la Archicofradía, el canónigo penitencial de Tortosa Jacinto Peñarroya, que había acudió con anterioridad a tomar los baños de mar en Vinaroz.

Llegaron a Valencia en la noche del 20. En la mañana del 21 celebraron la misa en la basílica de Nuestra Señora de los Desamparados, saliendo en tren para Madrid a las 6 de la tarde. En la Venta la Encina se unieron los peregrinos procedentes de Alicante. Un día entero les duro el viaje hasta Madrid, donde llegaron a las seis de la tarde del 22. Aquí en Madrid se les unieron los peregrinos procedentes de Zaragoza. En Madrid hicieron noche y el 23, en el tren de la mañana, partieron para Ávila, al pasar por Las  Navas del Marqués, donde el tren paro unos minutos,  aprovechando los peregrinos para comprar botijos de barro llenos de leche.

En  Ávila los peregrinos fueron  recibidos por el obispo Pedro José Sánchez Carrascosa, y Fray Ramón Moreno, Carmelita Descalzo mejicano,  obispo de  Eumenia y administrador de la Baja California,  organizándose a continuación la procesión en la que “iban delante todos los estandartes de las corporaciones religiosas de Ávila, siguiendo, en ordenadas filas, los peregrinos, precedidos del pendón que trajeron consigo las teresianas de Tortosa, y que por primera vez acababa de desplegarse en Ávila. Cerraban la procesión los dos Obispos. La procesión se dirigió a la Iglesia de San Antonio, donde se  venera la Virgen de la Portería; desde aquí marcharon a la Iglesia de La Santa, acompañados por 6 religiosos carmelitas descalzos y doce dominicos, que “cantaban a voces,  el santo Rosario”.

Ya en la Santa, pudieron ver una serie de reliquias de Santa Teresa: “En un altar había una porción de hermosos relicarios de Santa Teresa. Un báculo suyo, unos rosario, la suela de una alpargata suya he visto allí, enviando mil besos amorosos a todos estos objetos que pertenecieron a la Amada de mi corazón”, y después de Cantar el Te Deum el obispo de Ávila  echó un sermón de una hora, y, acabada la “elocuentísima improvisación del señor Obispo”, el obispo de Eugenia les dio la bendición. Mientras los peregrinos salían de la Iglesia el P. Ossó aprovechó para visitar “el retrete de los amores de Teresa”, la capilla, levantada, según la tradición, sobre la alcoba donde nació Teresa de Jesús, a quien llama “mi Paloma”, y nos dice que “allí la he abrazado con toda la ternura de que soy capaz, figurándomela niña monísima, encanto de los serafines y dulzura de los corazones”.

Por la tarde los peregrinos visitaron la catedral y bajaron al convento de Santo Tomás, donde veneraron el Santo Cristo ante el que la Santa oraba y visitaron el lugar donde la Santa se “Confesaba con el Padre Ibáñez.

A primera hora del 24, aniversario de la primera fundación teresiana, se celebró en la Santa la misa de comunión general, presido el Obispo de Ávila, dirigiendo la palabra primero el Prelado, en “una plática llena de unción y suavidad”, y después del acto de la Comunión D. Manuel García Méndez Nava, que hizo “un discurso tan piadoso como rico de doctrina”. A continuación los peregrinos fueron obsequiados en el palacio de los  Condes de Superunda con un espléndido desayuno, que, presidido por un retrato de la Santa, “fue servido con el mayor esmero y animado por las frases amabilísimas que los Condes dirigían a los peregrinos, y por la alegría que bañaba su semblante”.

Por la mañana visitaron San José de Ávila, y a las cuatro de la tarde se reunieron en  la iglesia de San Juan, y  desde allí se dirigieron en procesión al Convento de la Encarnación. A la vuelta, pasando por la basílica de San Vicente, bajaron a visitar la cueva donde se venera la Virgen de la Soterraña.

Al anochecer, todos los peregrinos se dirigieron cantando a La Santa, donde fueron  despedidos por el obispo, al anunciarles que les acompañaría a  Salamanca y Alba, junto con el obispo de Eumenia, estallaron en un grito de  ¡Viva santa Teresa de Jesús! Finalmente el Provisor de la diócesis invito a todos los peregrinos a dirigirse al palacio episcopal, donde fueron obsequiados con “un espléndido refresco y cena”.

Esa misma noche salieron hacia Medina del Campo, donde, mientras esperaban el tren que les conduciría a Salamanca, comieron unas uvas traídas de la parra del convento de las Carmelitas Descalzas. Llegado al Pedroso de la Armunia se detuvo el tren, ese mismo día se inauguraba el tramo de vía entre este pueblo y Salamanca, los obispos que acompañaban a la peregrinación  bendijeron la vía. Ya en Salamanca, donde por primera vez se abría la estación al público, fueron recibidos por una multitud de gente, entre ellos el obispo de la diócesis, Narciso Martínez Izquierdo,  con los canónigos, el obispos de Oviedo, Benito Sanz y Forés, antiguo canónigo lectoral de Tortosa y amigo personal de Enrique de Ossó, y los Carmelitas Descalzos con sus capas blancas. Desde la estación se dirigieron a la iglesia de San Marcos, donde cantaron la Salve. Por la tarde en la iglesia de las carmelitas hubo función religiosa, con exposición del Santísimo y sermón. Desde las Carmelitas Descalzas fueron en procesión a la Clerecía, donde se les informó del último tramo del viaje hasta Alba de Tormes.

Al anochecer del día 25 un grupo de peregrinos, otros lo harían al amanecer del día siguiente, salió en carros y a pie, hacia Alba: “Eran las dos de la mañana cuando hemos llegado a la vista de esta población dichosa”. Cuenta el P. Ossó  que  “al divisarla iluminada por los rayos de la luna, hemos bajado del carro donde íbamos, nos hemos arrodillado de cara al pueblo y hemos besado el polvo del camino por donde tantas veces debió pasar Teresa, cantando la Plegaria; y en silencio y oración hemos entrado en Alba”, dirigiéndose al sepulcro de Santa Teresa, donde los peregrinos, según iban llegado, “se postraban con la piedad más edificante”.

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