La “reforma” teresiana como rebelión feminista

La “reforma” teresiana como rebelión feminista

Escrito en: dic 09, 2014

Santa teresa de jesus reformaPor Daniel de Pablo Maroto, Carmelita Descalzo. “La Santa”, Avila.

El título puede extrañar a algún lector al llamar “rebelión” la “reforma” de la orden del Carmen que llevó a cabo santa Teresa de Jesús en el siglo XVI. Advierto que no tiene nada que ver con el actual “movimiento feminista”. Me sitúo, más bien, en el ambiente socio-religioso del siglo XVI y, desde las coordenadas históricas del momento, juzgo la obra reformista de la Santa como un intento de integrar los valores morales y espirituales de las mujeres en el quehacer de la Iglesia católica. Por esa obra de reforma y el modo de llevarla adelante fundando conventos de clausura, el nuncio del papa en España la definió como “fémina inquieta, andariega, desobediente y contumaz… andando fuera de la clausura contra el orden del concilio tridentino y prelados. Enseñando como maestra contra lo que san Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñaran”. Dejando de lado algunos errores históricos de bulto que comete el señor nuncio y lo que suponen de injuria para la reformadora del Carmelo, creo que la madre Teresa ha sido una de las personas más creativas de la historia, y que pertenece a esa categoría de “rebeldes sumisos”; que, aun aceptando las estructuras sociales y eclesiásticas del momento, aprovechó la poca libertad que le concedían para ser creativa de novedades.

Suena a tópico el hablar del antifeminismo en la España del siglo XVI, por otra parte mentalidad común a aquellas sociedades pensadas y regidas por varones. Pues bien, lo admirable de Teresa de Jesús es que no sólo defendió los valores de las mujeres, sino que quiso integrarlos en la reconstrucción de la sociedad ayudando a reformar la Iglesia, parte esencial en el organigrama sociopolítico del momento. Si su voz “feminista” no tiene valor universal en la historia de la civilización europea no es porque no fuese lo suficientemente fuerte y significativa, sino por el necesario reduccionismo a que se ve sometida y el ámbito en que la proclama. Ella -me parece- no defiende los “derechos” de las mujeres y su igualdad con el hombre en sentido universal; sino que pide un lugar, idéntico o parecido al de los hombres, para ser y sentirse totalmente Iglesia y poder trabajar, como los hombres, en su edificación y restauración. Extrapolando el contexto primigenio, algunos principios y debates a favor de las mujeres pueden tener una significación más plena, que, por supuesto, no me interesa resaltar en este breve espacio.

Resulta aleccionador descubrir su valiente defensa, aun en contra de teólogos amigos e inquisidores, de erasmistas y alumbrados, de la oración mental, de la mujer orante, del valor de la humilde oración vocal, de los ritos y ceremonias de la Iglesia, de las devociones populares, de la vida contemplativa en el conjunto de los quehaceres eclesiales, etc. Pero fue la reforma del Carmelo donde su defensa se hizo más valiente y comprometida.

Nos es suficiente recordar el planteamiento que hace al comienzo del Camino de perfección, libro programático de las comunidades de reforma carmelitana. Es evidente que las primeras interlocutoras -que no sólo lectoras del libro- son las monjas de San José de Avila; pero resulta también claro que el libro va destinado a todos los cristianos que quieren participar en la defensa de la Iglesia no con armas (Felipe II y los protestantes), ni siquiera con debates teológicos (el concilio de Trento, recientemente clausurado), sino con la conversión a una vida santa. Es en ese contexto donde defiende el quehacer espiritual de las mujeres -en este caso, monjas- al servicio de la salvación de la Iglesia mediante la reforma de la vida. Más todavía. Da la impresión de que ella quería participar más directamente en la acción liberadora, quizá hasta hablando en público, y embarcar en la aventura a otras mujeres. Pero la mentalidad angosta del tiempo se lo impidió e hizo todo lo más que le dejaron hacer. Así de claras suenan sus palabras al comienzo del Camino.

“En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho esos luteranos, y cuando iba en crecimiento esta desventurada secta. Dióme gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Parecíame que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo” (Camino, 1, 2).

Supuesto este planteamiento, me imagino que su deseo de “dar voces” y de “escribir con muchas manos”, actitudes con que la sorprendemos a veces, no era sólo para defender el valor de la oración y la legitimidad de la mujer orante, sino la integración de la misma en el devenir de la Iglesia católica para realizar todos sus ministerios. Le duele que, por ser mujer, se sienta “imposibilitada”, como atada para acometerlos.

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