LA SAL DE LA TIERRA

LA SAL DE LA TIERRA

Escrito en: jun 22, 2015

CIUDAD REAL – ALMODOVAR DEL CAMPO

Trepamos por la provincia de Ciudad Real hasta llegar con “la dama errante de Dios”[1] a la capital. Los recuerdos de niño (y no tan niño) de la ciudad no tienen nada que ver con los ojos nuevos con los que vemos ahora sus calles, reflejados en la caja de madera que porta el bastón. De la hospedería a la iglesia y de la iglesia a la hospedería. Sin embargo, la comunión con los parroquianos en los eventos de la tarde y con la pastoral juvenil, sirven para romper moldes sobre una ciudad tachada, arquitectónicamente hablando, de aceras sinsabores.

Es en esta parada donde ahondamos en el rostro de Santa Teresa. Una llamada de amor y obras que cuajaron en cuerpo molido de principio a fin por la crudeza de una carne nacida en malos tiempos para ser enferma crónica.

“Quedé de manera que solo el Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí: la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza, que me ahogaba, que aun el agua no podía pasar; todo me parecía estaba descoyuntada, con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, sin poderme menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviese muerta, si no me meneaban; solo un dedo me parece podía menear en la mano derecha…”[2].

Al leer este fragmento, armo mejor las palabras en la homilía de D. Antonio Ángel Algora, obispo de  Ciudad Real. “El verdadero humilde ha de ir contento por el camino que le llevare el Señor”. Hedonistamente imposible entender estas palabras entre rascacielos y semáforos. A su edad y ponerse a caminar por fuerza mística por caminos de barro y arena. Bordeando entras por ríos desbordados, aguantando improperios y rechazos del almas quebradas por el poder la mitra oscura.  Aguantando por la firmeza de una experiencia de roce con Dios. Presencia misma en sus actos aún en las noches más oscuras, donde los huesos se deshacen en el jergón de la celda.

El bastón ahora se conforma como una prolongación de toda Santa Teresa de Jesús. Imposible explicar esto delante de una televisión o en una nota de prensa. Pero aquí hay privilegios, entre los callares que proponen las rutas manchegas, que hace de la amistad en Teresa una experiencia que como ya hiciese ella sobre tabla de madera a la luz de la vela, es más fácil escribir con tinta negra.

A la mañana siguiente en el que el mundo sabe que el F.C. Barcelona repite proezas, nosotros desayunamos con un obispo singular. Con sencillez y humildad nos habla sobre la ingente tarea de coordinar una de las diócesis más grandes de España. Tiene ojos cristalinos, preocupados y ya cubierto de años como para saber colocar cada cosa en su sitio. Llama a las desvergüenzas por su nombre y apellido. Hace asimilaciones rápidas entre trampas y formas. ¡Y llevan siglas de por medio!

Lamentando el itinerario, a pesar del reposo que el café dominguero nos ha permitido, viajamos a Almodóvar del Campo con un titular. “Ojo con el párroco de Almodovar. Una cabecita privilegiada”.

Y así es. Pueblo engalanado de principio a fin. Procesiones con imágenes de la virgen y honores a la festividad del Corpus Christi.  Una impresionante alfombra de colores, hecha y tintada sobre sal marina de más de seis metros, da color a una iglesia donde los más jóvenes escuchan al Padre David con la boca abierta. ¿Qué suerte de mago será este y qué cosas tan preciosas dice sobre el cielo y la tierra? Eso reflejan las miradas de los niños (o eso pienso yo), ubicados en primera fila, contestando con presteza a los retos del mago de hábito pardo.

Termina la misa solemne y marchamos a comer. En un par de horas estaremos en Toledo y allí nos espera no solo el próximo testigo del Padre David, Fray Javier, sino un rosario de curiosidades entre las callejuelas de los mártires.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

[1] Referencia a Santa Teresa de Jesús en el libro Por los caminos de Teresa de TOMÁS ÁLVAREZ – FERNANDO DOMINGO. Monte Carmelo,  2012,  Pag. 43

[2] Por los caminos de Teresa de TOMÁS ÁLVAREZ – FERNANDO DOMINGO. Monte Carmelo,  2012,  Pag. 12

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