Las hijas de Teresa

Las hijas de Teresa

Escrito en: oct 29, 2014

post-4-camino-de-luzHoy he podido comprobar en mi propia piel todo el sentido de la palabra “Saudade”, que no es exactamente echar de menos, tampoco es exactamente nostalgia: es una tristeza profunda que se queda en algún lugar de tu corazón, y está íntimamente ligada con la alegría. Creo que tiene tanto de tristeza como de alegría. Y cualquiera me puede llamar exagerada, he estado sólo 11 días en Brasil, he cambiado de ciudad cada 2 días prácticamente, no puede dar tiempo a crear un lazo o un vínculo como para sentir esa tristeza.  Y es lógico que alguien pueda pensar así, también apuesto lo que sea a que esa persona no ha conversado largamente con una monja de clausura Carmelita.

Quiero dedicar este post a todas y cada una de las hermanas Carmelitas de Brasil, y a las del mundo entero, por supuesto, pero muy especialmente a esas monjas brasileñas que nos han abierto sus casas, su increíble gastronomía, pero muy especialmente sus corazones, sus vivencias, sus creencias. Tanto en Aparecida, Tremembé, Jundiaí, Sao Paulo, Teresópolis, Petrópolis, San Leopoldo y Porto Alegre.

Es una experiencia, como todo lo que acontece en este viaje, difícilmente descriptible. Es una acogida total, es una bondad suprema, es la generosidad llevada al extremo. Te dan lo que tienen y más. Y es mucho, pero es más aún lo que transmiten.

Hemos estado en grandes ciudades, generalmente bulliciosas y con un tráfico atronador. Nuestra experiencia es ir con casi todo a cuestas, mochilas, cámaras, generalmente con cierta prisa ya que hay un horario que cumplir y ningún deseo de hacer esperar. Para entonces entrar en los monasterios y que sean un oasis de calma y paz, y sorprendentemente de silencio. Sales a la calle y el ruido te ensordece; entras y lo primero que te sorprende es el silencio. Y te dices ¿cómo puede ser? Parece aislado acústicamente por la NASA. La limpieza es impoluta, la austeridad, pero calidez de los espacios, nada sobra y no falta nada.

A continuación la calma te invade, es más fuerte que tú, que todo lo que traes de fuera. Un monasterio es el lugar más distante posible de la ansiedad.

Pero aún queda mucho más por descubrir de forma excepcional, al llevar el bastón original de la Santa Madre, nos permiten acceder dentro de las propias clausuras para hacer una procesión por el claustro.  Al entrar todo es expectación  y alegría, nos abrazan con verdadero cariño por el esfuerzo que intuyen que estamos haciendo al viajar por tantos países, y también porque son amor, una fuente de amor a la cual no le ves el fondo.

Tras eso, difícilmente nos dejan escapar sin ofrecernos un banquete impresionante, somos sus invitados y los portadores de la reliquia que las llena de alegría, y como tales, nos agasajan.

Cuando hablas con una monja de clausura lo primero que te sorprende es lo consciente que son de la realidad y del mundo que las rodea; su aislamiento no significa desconocimiento, la anécdota que mejor describe esto fue le comentario de la Hermana Agnes de Porto Alegre, que se disculpó por no manejar after effects para una presentación que habían preparado ¿Cómo? ¿After Effects?

Cuando una monja de clausura te mira te mira de verdad intensamente y con toda su atención, tienes la misma sensación cuando te habla y cuando te escucha. Eso en el mundo en el que vivimos es un cualidad tan rara,  que casi se te olvida y sólo lo recuerdas cuando alguien se te dirige a ti de esa forma. Inmediatamente quieres corresponder, por toda su generosidad a todos los niveles, y entonces le prestas toda tu atención, y se crea la magia. De repente conectas y dialogas con esa persona a una intensidad diferente, te contagia algo y sientes que serías capaz de contarle cualquier cosa y que te comprendería y que todo esta bien, que tú estás bien. Es como si vieran lo más bonito de ti. Entonces en lugar de continuar hablando te ríes junto con ella y ella junto a ti, y ya se ha creado ese vínculo. Y lo único que quieres es transmitirle el cariño que recibes, esa comprensión. Parece exagerado, pero te hacen un regalo impresionante. Te reconectan con una realidad humana escondida. Entiendes el concepto del que tanto hablan: fraternidad.  Y sobretodo de paz contigo mismo. Hablar unos instantes, con una monja te deja cambiado y agradecido, curiosamente son ellas las que te dan las gracias incesantemente.

Después te ríes, te ríes muchísimo, tienen un sentido del humor excelente. Una mirada aniñada y traviesa que expresa dinamismo y creatividad. Rompen cualquier prejuicio. Y determinación,  qué fuerza y determinación trasmiten; y a la vez, delicadeza y bondad. Es un placer conocerlas (y hablo así en plural, porque no tengo espacio para personalizar con todas y cada una de ellas). Es un privilegio que nos dejen compartir por unos minutos su espacio, que tan celosamente guardan.

Quiero dedicarles este post como torpe intento de agradecimiento. Porque siento que es mucho lo que he recibido y más lo que está por llegar.  Las verdaderas hijas de Teresa, sus mejores representantes en la tierra. Son su palabra hecha modo de vida, y no sólo por seguir su regla, si no los valores que esta transmite.

Cada una de mis frases de despedida es cierta, me va a costar mucho olvidaros, me llevo muchísimo de vosotras y espero haber dejado algo a mi vez. Siento como oráis por mi.

¡GRACIAS!

Amaya Álvarez

Cristina, nuestra médica me pide que escriba que ella suscribe este post punto por punto, menos lo de la NASA.

 

 

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