Lecturas con las hijas de Teresa

Lecturas con las hijas de Teresa

Escrito en: sep 01, 2014

sansebastian
Las Carmelitas Descalzas de San Sebastián nos proponen la lectura de este texto teresiano comunitario.

¡Oh Dios mío y mi sabiduría infinita sin medida y sin tasa  y sobre todos los entendimientos!… que me amas más de lo que yo me  puedo amar ni entiendo…!
Que no, mi Dios, no, no más confianza en cosa que yo pueda querer para mí; quered Vos de mí lo que quisiereis querer, que eso quiero, pues está todo mi bien en contentaros…
Qué miserable es la sabiduría de los mortales e incierta su providencia  (Sab.9,14); proveed Vos por la vuestra los medios necesarios para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo; no me castiguéis en darme lo que yo quiero o deseo, si vuestro amor, que en mí viva siempre, no lo deseare; muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo y, para mí mejor que yo, para que  yo le pueda servir; Él viva y me dé vida;  Él reine y sea yo su cautiva, que no quiere mi alma otra libertad…sansebastian
¡Dichosos los que con fuertes grillos y cadenas de los beneficios de la misericordia de Dios se vieren presos e  inhabilitados para ser poderosos para soltarse!…
¡Oh cuándo será aquel dichoso día que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma Verdad,  donde ya no  serás libre para pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de tu Dios! (Excla. 17, 1-4)

Conmovedor resulta ver a nuestra madre Teresa de Jesús, implorando una vez más a  su Dios,  en una encendida misiva, esa unión de voluntades tan deseada, por ser la garantía de “andar en verdad”.
Ya en Vida 11 afirma: “Sí, que no está el amor de Dios en tener lágrimas ni estos gustos y ternura, sino en servirle con justicia y fortaleza de alma y humildad.” Y más adelante en el c. 21 añade: “No es todo nada, sino contentar a Dios… Fortaleced Vos mi alma… Jesús mío y ordenad luego modos cómo haga algo por Vos”…  con  claras reminiscencias de  la logradísima petición de S. Agustín: “Dame lo que me pides, y pídeme lo que quieras”.
Benedicto XVI ve concentrada en esta frase “la verdadera novedad del cristianismo” que consiste en sustituir la ley del A.T. por la nueva que “es la misma gracia del Espíritu Santo” (Sto. Tomás) Esta gracia, purificando nuestro corazón, posibilita “la inserción de nuestro yo en el Suyo –vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” y es lo que verdaderamente transforma y diviniza. El medio y el fin de ese “corazón puro” es la misericordia: La misericordia de Dios que se derrama en nosotros, para que, a nuestra vez la compartamos con cada ser humano. (Cfr. Jesús de Nazaret. J. Ratzinger. pp. 81-83)
En la octava exclamación insiste: “Habed piedad, Criador mío, mirad que no nos entendemos ni sabemos lo que deseamos ni atinamos lo que pedimos, dadnos, Señor, luz…. Qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío; que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama; que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad” (nº 2-3)
Admirada de tanto amor divino exclama: “Oh Señor del cielo y de la tierra que es posible que aun estando en esta vida mortal se pueda gozar de Vos con tan particular amistad!” (Meditaciones sobre los Cantares 3,14)
Pero sabedora, como hemos visto, de nuestra debilidad congénita nos advierte de que el camino para allegarnos a Dios es la oración y de qué actitudes debemos tener:
Habéis de saber que va mucho de estar a estar… Ya habréis oído aconsejar al alma que entre dentro de sí” (1M. 1,5)
Y también: “No os pido más que le miréis… pues nunca quita vuestro Esposo los ojos de vosotras; mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos: como le quisierais le hallaréis” (CP. 26,3)”
“Espantada” ante tanto amor por parte de Jesús y avergonzada, porque comprueba una y otra vez que su amor no decrece ni con nuestra indiferencia ni con nuestras ingratitudes, ruega y promete: “Juntos andemos, Señor, por donde fuereis tengo de ir, por donde pasareis, tengo de pasar” (CP. 26,6)
Y para devolver amor con amor , en las 4 Moradas nos recomienda: “que estéis advertidas que no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que os despertare a amar eso haced, en la mayor determinación de desear contentar a Dios”
Así como para entablar una relación viva con el Señor “la puerta es la oración” (V.8,9), el medio más eficaz para avanzar seguras es el de la humildad: “Cada una mire lo que tiene de humildad y verá lo que está aprovechada”. (CP. 12,6b)
Este  breve recorrido por los textos escogidos, nos ayuda a comprender mejor con qué ímpetu buscaba la Santa Madre una relación viva y fecunda con su Dios, cómo a lo largo de toda su vida ese anhelo crecía en pureza y transparencia, en su deseo de amar a Dios y a los hombres. Y vemos que su experiencia orante le lleva a comprender su impotencia radical y de ahí, del fondo más profundo de su ser surge esta  plegaria, que sólo puede hacer realidad la gracia de Dios en ella:

“muera ya este yo, y viva en mí otro que es más que yo

y, para mí mejor que yo, para que  yo le pueda servir;

Él viva y me dé vida;  Él reine y sea yo su cautiva,

que no quiere mi alma otra libertad…”

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