MUELEN MISERIAS ESOS MOLINOS

MUELEN MISERIAS ESOS MOLINOS

Escrito en: jun 19, 2015

OCAÑA – HERENCIA – CONSUEGRA

El desayuno queda suspendido. Cada minuto de sueño en este trote castellano es casi reliquia de tercer grado (si se admiten bromas a primera hora de la mañana).

Llegamos a Ocaña. Lugar privilegiado por su cercanía a las grandes ciudades a pesar de sus paisajes rurales. España rezuma verde en cuanto uno sale del asfalto.

El bastón es recibido con honores en el ayuntamiento donde al contextualizar el pueblo y la santa, salimos en procesión hasta el convento de las carmelitas. Las primeras terrazas, entre el metal y la grava, aplauden a su modo a tan extraña comitiva.  Algo extraordinario fluye entre sus calles y gentes en la festividad del Corpus Christi.

Tras compartir buen queso y vino con amigos que Santa Teresa va poniendo en su peregrinar, marcamos rumbo a Herencia.

Son pocos los kilómetros y mucho el llano que recorremos, torciendo curvas forzadas, por fincas y canales. En la cima de una montaña desgastada, antes que el GPS cantase “ha llegado a su destino”, vemos chirriar el espíritu de Cervantes. Molinos de viento que solo muelen los pesares de estos tiempos raros.  Herencia. Pueblo devoto de la Santa y que antes de ver llegar la silueta de nuestro coche hace repicar campanas y manos a partes iguales. “Mucho paro” asola esta tierra que pasó del campo al ladrillo. Así nos lo cuenta un amable vecino que tiene la paciencia suficiente como para parar su andar presto al servicio ante cada sugerencia de planos o ideas de los forasteros.

Nos llevan desde el Convento de la Orden Mercedaria en procesión con simpática banda musical hasta la Parroquia de la Inmaculada. Es la primera gran cola de dragón que se forma tras el bastón en lo que llevamos de peregrinación. Y la ocasión es lo suficientemente relevante como para que salgan cofradías y estandartes y transporten a los balcones un aroma santo. Una iglesia hermosa y viva se vuelca durante toda la tarde, a pesar del calor pegajoso que se filtra por los portones. La jornada es intensa hasta el punto en el que la cena se convierte en aperitivo del desayuno.

Al volver doblemente cargado hacia la casa parroquial para apoyar cabeza, Don Juan Carlos, párroco celoso de la obra que le ha sido encomendad.a insiste en llevarnos al ver el órgano que despunta en el coro. “Una pieza magnífica”. Nos advierte de la extravagancia del personaje con el que nos vamos a encontrar y antes de ver su silueta alumbrada por el único foco de luz (y el sagrario)  escuchamos algo parecido a Héroes del Silencio haciendo eco por toda la nave.

Ya llegamos con sonrisa, esquivando herramientas y maderos, cuando nos sorprendemos al escuchar el segundo juego de armónicos; esta vez de Ciudad de México, de los labios del maestro organero. Con las caricias a “aquel magnífico instrumento” nos va corrigiendo sin ningún tipo de delicadeza ante los burdos acercamientos que párroco y yo hacemos sobre música.  Aquello es un oficio, pienso mientras veo las claves y llaves del órgano. Una devoción hacia las conexiones materiales que crean realidades más abstractas que tubos de metal y teclas de madera produciendo sonidos que conmueven a humanos. Me maravilla cuando alguien pasa la mano por un viejo teclado astillado y siente que tiene trabajo que hacer, curas que aplicar, en vez de basura polvorienta que restaurar.

Su trabajo de seis años promete estar en buenas manos el próximo septiembre. Alguien de altura vendrá al reestreno de aquel órgano que como al hacer sonar sus primeros acordes allá por el s.XVII, pasará por la vida de muchos con fuerza y de puntillas por tantos paisanos de Herencia.

Tras una magnífica estancia repleta de agradecimientos y pastas, encendemos y arrancamos el coche para llegar a Consuegra donde nuevamente el pueblo se engalana para el paso de revista de Santa Teresa. Cruces del temple y tres estrellas alumbrando el Monte del Carmelo, nos dan la bienvenida. En esta ocasión nuestro acompañamiento al bastón queda más en segundo plano por las exigencias de poner orden a todo el material recopilado. La pena de ir corriendo es que muchas veces te quedas con la sensación de fatiga y alegría por el esfuerzo hecho pero te pierdes, sabia tortuga, la reposada imagen que un día alumbró a un hombre de La Mancha a hacerse universal. En cualquier caso, curiosa es la realidad para las gentes con las que nos topamos, que darían lo que fuese para convertirse en liebres brincando por el mundo al lado del bastón de Teresa.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

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