Nueva Zelanda, un sueño

Nueva Zelanda, un sueño

Escrito en: ene 07, 2015

Aucklandmadres-carmelitas090-1024x682Por Amaya Álvarez.

Para mi llegar a Nueva Zelanda ha sido como cumplir un sueño, desde pequeña soñaba con llegar a las Antípodas. A ese lugar al otro extremo del mundo. Entonces, no sabía nada de las Antípodas pero sonaba a novela de Julio Verne.

Después al empezar a leer un poco sobre el país me produjo muchísima curiosidad el mestizaje entre Maorís y colonos de los más distintos lugares. Australia y Nueva Zelanda siempre han formado parte de mi imaginario individual. Y tengo que decir que no me han decepcionado nada.

En Auckland, ciudad a la que llegamos, sólo hay un monasterio de monjas Carmelitas descalzas, nos proponíamos visitarlas, pero por supuesto no esperábamos que nadie nos esperase en el aeropuerto. ¡Qué equivocados estábamos! Un nutrido grupo de Seglares estaba allí para recibirnos y no nos abandonaron hasta nuestra partida. Acogiéndonos como siempre como una segunda familia. Es increíble ver como hay una bondad común, un deseo de hacer sentir bien al prójimo en todos los lugares donde vamos. Culturas diferentes, personas diferentes, la misma fraternidad y, sobretodo, respeto. Eso es algo que me fascina ya que cada cultura tiene sus convenciones y yo he viajado muchísimo y es fácil chocar o el malentendido. En estos meses no hemos recibido más que respeto y cuidado, del mismo modo nosotros hemos tratado de corresponder.

Las monjas de Auckland son un crisol de nacionalidades y orígenes. También de edades. Nos enseñaron idiomas, nos explicaron sus distintas culturas, yo les hice la pregunta que me venía rondando: “¿Cómo hacen para conjugar las diferentísimas culturas de cada cuál? ¿No hay roces?”. La respuesta no pudo ser más sencilla y vino acompañada de una franca sonrisa. “Nos enriquece”.

Y eso es algo que he notado también muchas veces a lo largo de este viaje. Las personas, la fraternidad en las comunidades se compone de sumas. Nada resta. Y eso es algo muy ligado a mi propio ideal. Vivirlo estos meses me… me está dejando en muchos casos sin palabras. Lo cual no deja de ser un problema, por que estoy aquí para escribirlo.

Inclemencias del tiempo nos impidió disfrutar de One Three Hill, lugar sagrado y donde hubiéramos tenido un celebración Maori. Pero nos permitió disfrutar eso sí, de un ratito más de convivencia con las madres y también con los seglares, al fin y al cabo, también se trata de eso. Tuvimos un ágape en el cual todo el mundo trajo algún plato y nos reunimos todos en un salón, seglares, feligreses, curiosos, era muy bonito alejarse un poco y observar, primero, por que la reunión transmitía celebración y alegría, y segundo, por la variedad de personas, edades, razas… Fue una fiesta de lo más intercultural y alegre.

Si de mi experiencia desde el 15 de octubre dependiese, podría decir que el mundo esta lleno de generosidad. Vamos de mano en mano, de sonrisa en sonrisa en un viaje donde el cambio de espacio es constante. Pero ni una sola vez, en ningún momento nos hemos sentido extraños. Por lejos que estuviésemos. Y eso nuevamente me deja sin palabras. Y repitiéndome constantemente: Gracias, gracias, gracias.

Pero qué otra cosa se puede decir cuando las personas que te abren sus casas y regalan su tiempo, no cesan.

Continuamos camino, y sigo maravillada ante el calor humano. No deja de desarmarme. Lo admiro igual hoy, casi tres meses después, que el primer día en Brasil.

 

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