POLVO, REPOSO, ARRUGA Y CARRETERA

POLVO, REPOSO, ARRUGA Y CARRETERA

Escrito en: jun 18, 2015

SAN CLEMENTE – VILLANUEVA DE LA JARA

El viaje que une Alcoy con San Clemente es probablemente uno de los más largos hasta ahora. Cruzamos la bacheada A-3; rodeada de trigales y viñedos que cosechan en su seno silencio y espera.
Volvemos a Castilla – La Mancha. El Padre David está visiblemente emocionado por pasear de nuevo por su tierra. Por conocer los conventos y fundaciones de la orden a la que pertenece y por estar algo más cerca del calor de los pucheros y el sarmiento.

Tras varias vueltas y rectas y subidas y bajadas con el mismo sol y el mismo paisaje, llegamos a San Clemente. Repican las campanas al entrar el coche en la Plaza Mayor y los críos, de permiso autorizado para ver “el bastón de la vieja”, se agolpan a la puerta de la iglesia.

En esta ocasión cambia un poco el orden de los factores y son los niños los que cobran protagonismo, elevando oraciones en fila india y reviviendo la palabra de Santa Teresa antes de que el Padre David introdujese a los sanclementinos el significado del bastón. Una vez que los más jóvenes vuelven al pupitre, la iglesia empieza a cobrar el aspecto habitual de una parroquia un miércoles por la mañana. Un buen muestrario de nuestra cada vez más acusada pirámide poblacional.

“Un bastón que nos habla de una Santa Teresa vieja, débil, achacosa, frágil. Pero que también nos habla de una mujer fuerte, con autoridad (…). Cuando nos acerquemos al bastón para besarle, acariciarle o arrojar una mirada de esperanza, hagámoslo sabiendo que a quien besamos, acariciamos o miramos con cariño es el mismo Jesucristo. El verdadero apoyo de Santa Teresa fue Jesús. Porque el bastón, por sí solo, no tiene más valor que el de un simple bastón”.

Tras finalizar la misa y como viene siendo habitual, el bastón pasa a clausura para que las Hermanas puedan acompañar y meditar sobre los trasiegos y fatigas de Teresa de Jesús. Con la inseguridad de lo nuevo, se abren unos portones de madera que rezan “Esta casa es un cielo si lo puede haber en la tierra”. La estampa que hay a un par de metros es una grieta en el tiempo que custodian. Un anacronismo solo entendible si uno deja en barbecho todo lo que lleva en los bolsillos. Doce monjas de clausura con velo negro tupido que les cubre hasta los pensamientos nos dejan a Isak y a mí helados por un momento. Una rendija de la historia se ha abierto y estamos grabándolo.

Isak quire coger un par de planos desde más cerca y pone un pie en clausura. Rápidamente, la hermana que está más cerca de él indica con discretos pero contundentes movimientos que salga fuera del umbral. Se tropieza, casi rompe con los cantos y la escena de dibujada por el mismo Eco, pero se recompone al salir y mientras se entorna la puerta para que solo el Padre David saque conclusiones, seguimos grabando.

Polvo, reposo, arruga y carretera.

En Villanueva de la Jara el tiempo se queda en el claustro. Los torreones de la iglesia parroquial plantan cara al sol y arrojan tregua a un pueblo al que le han adelantado el verano.
Antes de todos los oficios programados, tengo ocasión de escaparme con el coche a caminos de tierra seca. Una hermosa vista nublada por mosquitos de uva molesta el primer paseo serio que me permito desde que comenzamos a caminar. El hombre encuentra las moradas que alberga su corazón no solo en la genuflexión sino también en la música de las huellas que va dejando.
Vuelvo por donde no he venido, preparando mi próxima confesión. Paseamos por el Centro Teresiano. Un proyecto puesto en marcha tras zarandear con entusiasmo al espíritu santo. Una obra que fuerza la meditación lo quiera uno o no. Y eso se intuye bueno.

Me detengo durante algo más de tiempo en la estancia donde se desarrollan los pecados del hombre. Curiosa imagen ver tus miserias pintadas en la pared. Así vamos pasando estancia por estancia, haciendo un repaso a la obra espiritual de “Castillo Interior”, más conocida por “Las Moradas”. Se echa el tiempo encima y pasamos por el cielo a toda prisa. Sin embargo me detengo en el pequeño claustro, junto a una fuente enclenque, y al ver el chorrito de agua salpicar el suelo, vuelvo a lo ocurrido en San Clemente.

Las torpes ideas que saque tras este camino seguirán estando a mil años luz de comprender qué es lo que mueve a un cuerpo a un sí tan radical. Esa intimidad es la que custodian las paredes de piedra, calentadas con el celo y obediencia de cuerpos octogenarios. Todo se impregna de una certeza de Dios más absoluta que los pies que sostienen letanías y misterios del rosario. En cada mirada que nos regalan, con o sin velo, está el reflejo del reloj de arena que les va descontando tierra hasta la santidad. Y entre tanto, en ese jaleo cósmico y obligaciones mundanas, rezan por ti y por mí.

RICARDO MORALES JIMÉNEZ

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