Proceso de beatificación y reliquias de Santa Teresa de Jesús

Proceso de beatificación y reliquias de Santa Teresa de Jesús

Escrito en: nov 19, 2014

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Por Luis J. F. Frontela.

Proceso de beatificación

El concilio de Trento había mandado que no se admitiesen nuevos milagros, ni se adoptasen nuevas reliquias, a no ser que estuviesen reconocidas y aprobadas por el obispo. También es cierto que no se podía tener un  nuevo santo si no se contaba con milagros y sus reliquias eran objeto de devoción por parte de los fieles. Por eso a la altura de 1591, 15 de octubre, el obispo de Salamanca, Jerónimo Manrique Figueroa, después de haber visitado Alba de Tormes donde se cerciora del estado incorrupto del cuerpo de la Madre Teresa, y por “haber Dios Nuestro Señor obrado maravilla en él”, y por haber tenido la Madre Teresa “Santa y ejemplar vida”, manda que se dé inicio al proceso informativo de beatificación, siendo los primeros declarante el P. Domingo Báñez y su primer biógrafo el P. Francisco Rivera. Por sugerencia de Felipe II el nuncio del Papa, Camilo Gaetano, entre 1595-1597, manda llevar a cabo un proceso informativo en los lugares donde la Madre Teresa había vivido o era más conocida: Ávila (1595), Segovia (1595), Piedrahita (1595­-96), Toledo (1595-96), Lisboa (1595), Madrid (1595-96), Huete (1595), Cuerva (1595), Villanueva de la Jara (1596), Malagón (1596). Reunida toda la información conseguida fue enviada a Roma en 1597, acompañada de cartas de Felipe II y de la emperatriz María en las que pedían que “tomase en cuenta la pronta canonización de la insigne Teresa”, a esta petición se unieron la del concilio provincial de Tarragona, la de la Congregación de las Catedrales e Iglesias metropolitanas de los reinos de Castilla y León, así como las universidades de Salamanca y Alcalá. Don Fernando de Toledo, tío del Duque de Alba, dejó en testamento 14.000 ducados para seguir la causa de la Madre Teresa en Roma “por la grande opinión de la santidad de la Santa Madre Teresa de Jesús”.

Desde Roma el Padre Jerónimo Gracián transmite al Papa, entonces Pablo V, el deseo de iniciar dicho proceso. Pablo V había leído el compendio de la vida de la Virgen de Ávila del P. Juan de Jesús María, donde se recogían los testimonios sobre la Madre Teresa, incluidos los milagros a ella atribuidos. En 1604 se inicia el procedimiento con la autoridad apostólica. A su término se publica. El Breve de beatificación de la madre Teresa, firmado por Pablo V en Roma el 24 de abril de 1614, declaraba: “Nos, examinada con atención esta causa, por medio de nuestros venerables hermanos los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, deputados para los sacros Ritos, a quienes encomendamos su estudio y oído su consejo favorable a estas peticiones, concedemos que en adelante se pueda celebrar en todos los monasterios e iglesias de dicha Orden de Carmelitas Descalzos y por todos los religiosos de ambos sexos el oficio y la misa de la Bienaventurada Teresa como de Virgen, el día de su glorioso tránsito, esto es, el día 5 del mes de Octubre y que en la villa de Alba, diócesis de Salamanca, en el monasterio y en la iglesia en que se guarda el cuerpo de la Bienaventurada Teresa, puedan todos los sacerdotes, tanto seculares como regulares, rezar y celebrar el oficio y la misa respectivamente en honor de la dicha Beata Teresa, según las rúbricas del Breviario y del Misal romanos, gracia que, en virtud de Nuestra autoridad apostólica y por las presentes letras, concedemos a perpetuidad, sin que obsten las Constituciones y Ordenaciones apostólicas, ni cosa alguna en contrario”.

Las reliquias de la Beata Teresa de Jesús

Es propio del mundo barroco, y de la devoción a los santos en aquel contexto, la veneración de sus reliquias,  ya que “reinando juntamente con Cristo” en el cielo, ruegan por los hombres, de ahí la utilidad de acudir a ellos e invocarlos. El concilio de Trento recomendaba que los fieles cristianos debían venerar las santas reliquias, pero, a la vez pedía que se evitase toda superstición en la invocación de los santos, recomendando que se tomase “como norte y guía espirituales”, el ejemplo de los santos por medio de los cuales realiza Dios los milagros. A este gusto y devoción por las reliquias no iba a escapar la Madre Teresa, que muerta en loor de santidad, vamos a asistir a la multiplicación de sus reliquias por la geografía hispana e incluso europea, ya que su fama traspasó las fronteras de los reinos españoles. Cuando las Cortes de Aragón, en 1611,  piden a Paulo V la beatificación de la Madre Teresa entre los argumentos que esgrimen está: “lo milagros que cada día la Majestad divina obra por medio de sus reliquias, son indicios manifiestos de la gloria que esta virgen tiene en el cielo”.

Aunque el cuerpo de Santa Teresa, después de los traslados de Alba a Ávila y de Ávila a Alba, se le dejó reposar en esta última villa, no está íntegro, sino muy mutilado, pues de él se extrajeron multitud de reliquias. Ya en 1583, el P. Gracián cortó del cuerpo la mano izquierda, que en un arquilla, entregó a las monjas de S. José de Ávila, y que en 1585, al pasar por Avila, se la llevó a Lisboa. De la mano derecha sus dedos fueron repartidos por diversos lugares: Bruselas, París, Roma, Ávila y Sevilla. El pie derecho fue llevado al convento de Carmelitas Descalzos de Santa María de la Escala de Roma. Esta reliquia fue enviada en 1616 por el P. José de Jesús María, general de la Congregación de España, al P. Fernando de Santa María, General de la Congregación de Italia. Apenas hubo llegado la reliquia a Roma, cuando el Papa Paulo V se dirigió al convento de la Escala acompañado de 18 Cardenales, entró en la capilla del noviciado y, arrodillándose tomó en sus manos el pie de la Beata y lo besó. Una de las clavículas del cuerpo terminó en Bruselas, y no es fácil determinar el paradero de la infinidad de pedacitos de carne, extraídos del cuerpo de la Madre Teresa. En San Pancra­cio, seminario de las misiones de Carmelitas, se guarda­ba un fragmento de la quijada con algunos dientes. Las Carmelitas de Madrid veneran un pedacito de car­ne en forma de corazón, otro pedacito de carne y parte del escapulario las de Valladolid, y otro las de Malagón. Las de S. José de Ávila, un dedo.

Pero no sólo fueron trozos del cuerpo de la Madre Teresa los que se esparcieron, también trozos de tela mojados en su sangre, Cuenta Ana de Jesús que en 1595 yendo de Madrid a Salamanca acompañada por dos religiosos Descalzos, se desviaron hasta Alba de Tormes para visitar el cuerpo de la Madre Teresa, y vio que estaba flexible, y en una herida que tenía en la espalda pudo empapar algunos pañitos en sangre fres­ca: “Lleváronlos los religiosos que digo estaban presentes, a Madrid, y mostraron allá uno de ellos al padre Fr. Diego de Yepes, con­fesor del Rey, que les pidió se les diesen para mostrarlos a Su Majes­tad con relación de todo lo que en ello había pasado”.

El P. Jerónimo Gracián, en el Diá­logo XIII de Peregrinación de Anastasio, recoge uno de los milagros obrados por una reliquia, un trozo de carne, de la Madre Teresa a una sobrina del Cardenal Baronio, monja en el monasterio de San José de Monte Pincio, en 1602: “En este monasterio acaeció que sacando a la iglesia un poco de carne de la Madre Teresa que allí tenían, dio tanta suavidad y fragancia de olor, que viniendo a noticia de Su Santidad, concedió la licencia que le pidieron de poner en el altar el retrato de la Santa Madre, que es un género de beatificación, y tomó con gran cuidado el hacer las diligencias y dar los Breves y comisiones para canonizarse”.

En cuanto a objetos de la Madre Teresa, tenidos por reliquias, fueron dispersos por los conventos: el báculo que la Madre usaba en la vejez, un rosario y una sandalia fueron a parar a San José de Ávila. A las Descalzas de  Zaragoza llegó la correa del hábito con que fue enterrada, y de la cual decía Diego de Yepes que  destilaba continuamente unas gotitas de aceite con color de sangre, y que con ella se habían hecho muchos milagros en la ciudad. A la Carmelitas de Calahorra  fue a parar el velo de la Madre y a las de Granada la sábana donde el cuerpo de  la Madre estuvo envuelto mientras permaneció en San José de Ávila.

No debemos olvidar la importancia que adquiere la imagen de la Madre Teresa. Cuenta de la Duquesa de Frías, quien tenía en la cabecera de su cama una imagen de la Madre, que estando para morir invocaba a la Madre Teresa de Jesús  diciéndola: “mira que habéis sido mi amiga, y lo habéis de ser ahora”.

Los fieles, que iban tomando devoción a la Madre Teresa, estaban convencidos que su retrato taambién libra del mal. Cuenta el P. Francisco de Rivera, primer biógrafo de la Madre Teresa, que “Hernando de Trejo, natural de Sevilla, siervo de Dios, y que siempre se ejercitaba en obras de virtud, era por esto muy perseguido de los demonios, hasta aparecérsele algunas veces visiblemente. Y estando una vez muy atormentado, porque había muchos días que lo molestaban y no le dejaban sosegar, fue a tomar una estampa de Nuestra Señora la Virgen María, para mostrarla a los demonios, esperando que con eso huirían; y por yerro, tomó una estampa de la Madre  Teresa de Jesús, y sin ver lo que era, púsola contra los demonios que, con voces que daban, le atormentaban. En mostrándoles la imagen, luego al punto fue tan grande la prisa con que huyeron, dando aullidos, como si con una gran fuerza los echaran de allí, y él quedó libre de las molestias exteriores y las congojas interiores que tenía”.

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