Santa Teresa de Jesús y el hecho diferencial cristiano

Santa Teresa de Jesús y el hecho diferencial cristiano

Escrito en: dic 15, 2014

Captura de pantalla 2014-12-15 a la(s) 17.21.01Por Daniel de Pablo Maroto, Carmelita Descalzo, “La Santa”.             

El título me lo sugiere el lenguaje de algunos políticos de nuestro tiempo que andan a la búsqueda de la propia “identidad” de los pueblos insistiendo en lo “diferente” cuando hay tantas cosas que tenemos los humanos en común. Referido a Santa Teresa, lo “propio” suyo, lo personal -su familia, su condición social, su cultura humana, su ser de mujer, su pertenencia a la raza judía y otras condiciones individualizantes-, cuenta poco en el conjunto de su personalidad. Si hay algo que la “especifica” y cualifica en lo más profundo del ser es lo “cristiano”. Siendo cristiana, se hizo “santa”, no por el hecho de estar bautizada ni aceptar las creencias del cristianismo, ni siquiera por cumplir su moral y practicar su culto, sino porque Dios la eligió y la predestinó a ser imagen de Cristo.

Si hoy recordamos a Teresa de Jesús, Teresa de Ávila; si turistas y peregrinos la visitan en el lugar de su nacimiento, Ávila, y de su muerte, Alba de Tormes, no es por el sustantivo, Teresa-mujer, hija y nieta de judíos, abulense, española, escritora, etc., sino por el adjetivo calificativo, la “Santa”, reconocido oficialmente por la Iglesia en 1614 (beatificación) y 1622 (canonización). Pero lo “santo” no le pertenece a Teresa como una propiedad heredada de la familia o conseguida por propios méritos, sino que es un don gratuito del Espíritu Santo, como ella reconoce permanentemente en sus Obras escritas.

No le bastó a Teresa querer ser “santa”. De hecho, hizo muchos propósitos de cambiar de vida, tuvo con frecuencia deseos de conversión, pero fueron todos fallidos, no obstante el poderío de su voluntad cuando se proponía algo en serio como, en su infancia y adolescencia, leer libros de Caballerías a escondidas de su padre, o cuando huyó del hogar paterno para hacerse monja contra su parecer y consejo. Y en el período fundacional, imponiendo a su cuerpo enfermo una carga que humanamente no podía soportar, como viajar en pleno invierno entre nieves y aguaceros, por caminos intransitables por el desbordamiento de los ríos, encerrada en carros entoldados que ardían al fuego del verano, y una infinidad de circunstancias adversas.

El problema de la conversión a Dios es un milagro moral, un don particular, como la santidad, no un propósito de la voluntad. Ella ha resumido en pocas palabras el mecanismo psicológico como insuficiente y la necesidad de una intervención divina: “Buscaba remedio, hacía diligencias, mas no debía entender que todo aprovecha poco, si quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios” (Vida, 8, 12). La conversión, además, supone un acto de abandono, de confianza en el poder misericordioso de Dios.

Pero decir que Teresa de Jesús es grande y la recordamos por ser santa, no significa que su vida y escritos deban ser leídos solamente por los cristianos y católicos, sino estudiados por los especialistas en otras ramas del saber, siendo creyentes, ateos, agnósticos o indiferentes.

Los filólogos podrán analizar su estilo literario único en el mundo; ella, junto con otros místicos del momento, enriqueció la lengua castellana incorporando a su acerbo palabras y conceptos nuevos. Los sociólogos e historiadores encontrarán en ella una mina de datos a incorporar a sus investigaciones. Las obras de la madre Teresa son un archivo viviente de datos históricos, un espejo en el que se reflejan hechos y personajes descritos como ningún cronista del tiempo lo ha hecho.

Lo mismo se diga de los psicólogos, psiquíatras, psicoanalistas, que admirarán su capacidad de introspección y de análisis de la psique humana que la Santa describe con detalle porque conoce su propia casa, su alma, y es capaz de compararla con un “castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos” (Moradas, I, 1, 1). Pero también es un “huerto” que riega el hombre y el mismo Dios; un “paraíso” en el que Dios habita (ib.).

Todos tenemos libertad para estudiar a Teresa, pero a todos se nos pide que respetemos su condición de mística “cristiana”, de creyente en un Dios personal revelado en Cristo y que se comunica con los hombres, de manera especial en ella. Prescindiendo de esa condición de creyentes, Teresa seguirá siendo una creatura genial por muchas razones, una mujer contemplativa y activa, de una creatividad asombrosa, una escritora de estilo único, etc; pero se le priva de su condición más “específica”: ser portadora de un mensaje religioso, de la creencia en un Dios que sigue vivo en Cristo muerto y resucitado. Así lo experimentó ella en multitud de “visiones” y “locuciones” que no proceden de una enfermedad mental ni de una debilidad de su psique.

Descendiendo a determinar lo “específicamente cristiano” en su vida y sus escritos, habría que pensar en los principios dogmáticos y morales que dieron sentido a su vida. Dios existe, Uno y Trinidad, y actúa en los seres humanos, siendo ella un testigo excepcional: Él le salió al encuentro desde su infancia y marcó su destino para siempre. En su vida adulta lo descubrió por el camino de la intuición y la racionalidad, y, sobre todo, por la experiencia mística. Cristo es el lugar de encuentro con Dios que se revela y actúa en su Humanidad. Teresa ha esculpido uno de los axiomas más profundos de la piedad y la espiritualidad cristiana: “Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre” (Vida, 9, 6), aunque, torpe para crear imágines interiores, era amiga de las imágenes pintadas o esculpidas, que quitaban los “herejes”. Su oración, diálogo amoroso, consistirá en sentirse acompañada por Cristo en lo interior. Y así, muchas devociones que eran verdaderos modos de enamorarse de Cristo amigo, hermano y esporo. El Espíritu Santo es el santificador del cristiano, el agente de su conversión “definitiva” (cf. Vida, capítulo 24). Y, finalmente, la Iglesia, que es santa en si misma, porque está fundada por Cristo y santificada por el Espíritu Santo y ofrece al hombre medios santificadores; pero, al mismo tiempo, es pecadora como institución histórica, falible moralmente en sus miembros pecadores como son los hombres. Y así podíamos seguir diseñando al cristiano perfecto. Pero estas pinceladas son suficientes en un escrito breve.

La moral “específica” de la madre Teresa es también muy simple, pero profundamente evangélica. Se centra fundamentalmente en el amor mutuo, aunque sea sensible, pero no el “desastrado” de por acá, sino el heroico del “amor puro espiritual”. El desasimiento o despojo del propio yo y de los bienes temporales no absolutizándolos sino relativizándolos. Y el “vivir en verdad”, manteniendo el equilibrio justo del propio yo en relación con Dios, con el mundo y con los demás, dando a cada uno lo que merece según justicia y caridad. También aquí el elenco de la ética teresiana no se agota con lo dicho. Espero que, tanto su dogmática como su moral, sean suficientes para que el lector entre en el marco “especificador” cristiano de nuestra Santa de Ávila.

 

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