Todos somos hermanos

Todos somos hermanos

Escrito en: ene 28, 2015

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Por Amaya Álvarez.

Además de los paisajes, Tanzania está llena de color y de belleza por las personas, peinados, sombreros, vestidos claramente inspirados en su naturaleza multicolor, que llenan las calles y las iglesias. La música omnipresente y, como ya adelantaba en el blog anterior, la naturalidad, como hablar con un desconocido es lo más normal del mundo… al fin y al cabo es tu prójimo. Creo que eso es lo que más me está gustando de la experiencia africana hasta ahora, y tengo mil anécdotas. En el coche, muchas veces nos paraban controles, o a lo mejor al salir de un párking y pagar en la garita, los padres comenzaban a hablar en Swajili y lógicamente no entendíamos nada, pero se reían, se tocaban unos a otros, y Cris me decía, “se conocen ¿verdad?”. Pero era así cada vez y en cada lugar, a kilómetros y kilómetros de distancia. No, no creo que se conociesen. Es que aquí se es amigable por sistema. Y eso me encanta y sé que lo voy a echar muchísimo de menos.

Después de visitar, Bunda, Dar Es Salaam y Morogoro, mi impresión es que hay un esfuerzo enorme por parte de los Carmelitas en la educación. En cada misión hay una o varias escuelas, todas muy grandes, bonitas y muy cuidadas. El jardín de infancia de los Carmelitas descalzos de Morogoro tienen todas las paredes pintadas con dibujos explicativos de la naturaleza, la salud, geografía. Es un mural constante de conocimiento con un patio rodeado de plantas. Es ese tipo de lugar en el que sientes que hay varias personas trabajando muy duro para que sea agradable y precioso. Me habría encantado estudiar allí. Y ese es solo un ejemplo. Hay veces en que el trabajo habla por sí solo.

Hubo una misa en un iglesia cuyas paredes estaban pintadas de todos los colores posibles y brillaban con la luz como si fueran vidrieras. Estaba junto a un colegio perteneciente a otra misión, cerca de Bunda, al oeste del país. Allí, decenas de niños, algunos mayores pero otros muy pequeños cantaban en el coro. Niños alegres, vivísimos, pero que se comportaban con una educación y perfecta formación. Para mí, no hace falta hablar de detalles, ver a esos niños me basta para saber que se está haciendo una labor además de necesaria, excelente.

Otro de los momentos, a nivel personal más feliz de este viaje fue en esa misma misión. Al acabar la misa salimos y los niños me rodeaban curiosos, a modo de juego, hice como que iba a pillar a uno de ellos, y se asustaron mucho y corrieron despavoridos, mi gesto inesperado debió ser inusual para ellos. Pero una niña lo entendió y empezó a reírse. Era muy pequeña, como todos los demás, 5 años a lo sumo. Entonces la niña, se me acercó despacito y yo volví a hacer el mismo gesto de que te pillo un poquito más suave y salió corriendo de nuevo pero esta vez entre risas. Esto volvió a repetirse otra vez, con 3 ó 4 niños, después en un momento dado habrían 12 ó 15… en 10 minutos estaba jugando al pilla pilla con medio centenar de niños. Lo único malo es que siempre la ligaba yo… así era mucho más divertido. Esta manera de relacionarse que tienen las personas aquí, donde se van creando códigos nuevos me fascina. No sólo con los niños, también entre los adultos. Mi sentimiento es que se escucha menos al prejuicio.

Tengo otra anécdota muy divertida de Tanzania, el día que nos marchábamos del Oeste de Kenia hacia Dar Es Salaam, la capital en la costa, nos acompañaba hacía el aeropuerto, la madre superiora del Monasterio de Bunda y otra hermana ya que precisaban visitar a un especialista. Entonces Pablo pidió parar un instante ya que habían monos en la carrera, realmente muy cerquita y les quería grabar. Al parar un macho enorme saltó al capó , dándole a las hermanas, sentadas delante, un susto de muerte. Menos mal que quedó en eso.

Indudablemente, estos minutos en los que rememoro nuestro paso por allí no dejo de sonreír, y nuevamente sobra la explicación. Nos han acogido como a hermanos, no sólo la que ya también considero nuestra familia carmelita, todo el mundo.

Y quiero aprovechar para agradecer al Padre Marlon, su gran trabajo, su esfuerzo y su generosidad. Nos acompañó en todo momento y no dejó de preocuparse de que estuviéramos bien y tuviéramos todo lo necesario. De nuevo voy al detalle, nunca faltó una botella de agua, una mirada para asegurarse de que todo iba bien. ¡Gracias!

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