Un lugar para quedarse

Un lugar para quedarse

Escrito en: nov 26, 2014

DSC00859-1024x768Por Amaya Álvarez.

Nuevamente comienzo estas líneas con una extraña sensación espacio-temporal.  Me da la impresión de que nos marchamos de Colombia hace muchísimo y no llega a una semana.

Y nuevamente, también escribo con un enorme sentimiento de apego; el otro día hablábamos en una furgoneta, ahora no recuerdo, en uno de los muchos trayectos largos que hacemos. Charlábamos sobre en qué orden íbamos a volver a los países que dejábamos atrás. Y la verdad es que, para pasar el tiempo, íbamos dando razones y discutiendo, pero siempre acabábamos en lo mismo: Colombia. ¿Y por qué?

Pues aún a riesgo de ganarme enemigos, no es por su belleza. Bogotá es bonita pero no más que me muchas otras ciudades donde hemos estado. Medellín tampoco, y la costa no he tenido la fortuna de visitarla aún, así que ese no es el motivo. La comida es deliciosa, pero no más que otras. La música y la cultura son maravillosas pero… no es nada de eso. Son los colombianos, sus maneras, una idiosincrasia muy especial que abraza al propio y al extranjero.
La amabilidad de la gente no tiene parangón. Y hemos sido recibidos y tratados de maravilla en todas partes por la familia Carmelita, pero es que en Colombia es amable TODO el mundo, desde el policía de aduana, hasta el taxista.
Y tengo una anécdota perfecta, Cris y yo nos escapamos una mañana a visitar el Museo Botero de Bogotá, y tras verlo nos dirigimos calle arriba para buscar un lugar menos turístico para comer. Las nubes sobre nuestras cabezas nos aconsejaban que nos apresuráramos, sin embargo estábamos empeñadas en salir de la zona de rubios enrojecidos con mochilas, botas y mapas.

Nos indicaron en una librería antigua un restaurante bastante cercano y muy recomendable, y con las primeras gotas cayendo nos dirigimos hasta allí. Al llegar, las tres personas que trabajaban en el restaurante comían en la barra. Les preguntamos y nos dijeron que estaba cerrado, pero que calle abajo a dos cuadras había un lugar muy lindo. Perfecto. Al salir, las gotas amenazantes se habían convertido en un aguacero tropical como sólo allí puede caer, una cortina de agua: literal. Nos quedamos en la calle protegidas por el alféizar de una terraza. Un minuto después, salió el camarero y nos ofreció un paraguas para llegar al otro restaurante. Dijimos que no, por falta de costumbre, no sé, me resultó raro llevarme el paraguas de un desconocido. Nos miró contrariado, ¿seguro? Sí, sí, el cielo no puede descargar así durante mucho rato, no hay problema. Cinco minutos después seguíamos allí atrapadas. El camarero volvió a salir, nos instó a entrar, mientras seguían preparando el restaurante para abrir un poco más tarde, arreglaron una mesita y nos pusieron sendas sopas de plátano. Él andaba limpiando cuberterías mientras conversábamos, y en un minuto, ya tenía la sensación de familiaridad, ya nos reíamos y bromeábamos. Esto es sólo un ejemplo, pero me ha pasado con cada persona con la que he hablado más de 60 segundos en Colombia. Que estés muy bien, a la orden, con mucho gusto, expresiones así son constantes y sinceras.

Y todo esto sin hablar de la familia Carmelita, que si ya de por sí, siempre encontramos cariño, simpatía, alegría y hogar… Aquí en Colombia, se han desvivido por hacernos sentir a gusto. Desde los postulantes, atentos en todo momento, hasta el último fraile, monja, delegado, provincial… TODOS.

Pero me he equivocado desde el principio, Colombia no es un lugar al que quieras volver, Colombia es un lugar del que no quieres marcharte. ¡Ahora mismo lo pongo en el título!

 

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