Una mala posada

Una mala posada

Escrito en: nov 21, 2014

Mala posada Santa Teresa Jesus andariega

Por Javier de la Cruz

La madre Teresa llego a definir la vida como “una noche en una mala posada”. Y es que en su tiempo las ventas y posadas no eran lugares agradables para pernoctar. Por lo general, solían  ser lugares míseros y desapacibles, donde los huéspedes deben de pagar un elevado precio a cambio de las penalidades de un verdadero purgatorio. Como el que pedía en una venta de Sierra Morena una sardina, y le dijeron: “¿Gollerías buscáis agora?  Un caminante preguntó en una venta si había cama; respondió la huéspeda: “Sí hay; mide siete pies de ese suelo, y acostaos ahí”. Dijo el caminante: “¿Habrá un canto para poner por cabecera? Respondió la huéspeda: “Más pedí gollerías”.

El ventero aparece como un cínico y redomado ladrón, bellaco y cicatero. Juan de Timoneda recoge un cuentecillo, según el cual un caballero llegó a una de dos ventas que es que estaban a los lados de una cruz de piedra, y pidió para su caballo medio celemín de cebada, y, vuelto a reconocerle, se encontró que le habían quitado la cebada. Saliendo a la puerta, y dijo dirigiéndose a la cruz: “¡Oh, Señor!, ¿y hasta aquí os habéis puesto entre dos ladrones?”. A lo que respondió el ventero de la otra venta que estaba a la puerta: “Señor, ¿y qué merezco yo?”. Y el caballero:” Sed vos el que se salvó y callad”. Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache, llega a decir: “¡Qué de robos, qué de tiranías, cuántas desvergüenzas, qué de maldades pasan en ventas y posadas! ¡Qué poco se teme a Dios ni a sus ministros y justicias!”

Cuenta María de San José que “lo más ordinario era quedarnos en los campos, cercados de la gente que nos acompañaba, por huir de la barahúnda de las ventas y mesones. Y así lo menos que podíamos salíamos de los carros”.

Pero no siempre pudo ahorrarse la Madre el martirio de las posadas. También en ellas, entre las voces de los arrieros y las charlas picarescas de soldados y estudiantes, rezó, más de una vez.

Es simpática la presencia de la madre en las ventas del camino. Como cuentan los testigos procuraba seguir, cuanto era posible, la vida ordenada y austera de su convento. Y alguna vez lo consiguió. Cuenta Diego de Yepes refiere, en La relación de la vida y libros de la Madre Teresa, el encuentro que tuvo con la Madre en la posada de Arévalo, que verdaderamente fue para ella pacífica y casi monacal: “Pasando yo de camino, de Medina del Campo para Zamora, acertó ella a ir de Medina a Avila con tres monjas, y quiso Dios que llegó a posar al mismo mesón donde yo estaba. Dile mi aposento, que era el mejor que había en la posada, y fui su portero, porque ellas estuviesen con mayor libertad en su recogimiento, y después que hubieron tenido sus horas de oración, pasamos muy gran parte de la noche en pláticas del Cielo. Concertóse que a la mañana las dijese Misa y las comulgase en San Francisco, y amaneció aquel día tanta nieve que no pudimos partirnos los unos ni los otros. Oyeron Misa y comulgaron, como estaba concertado; y. vueltas a la posada, pasaron todo aquel día con el recogimiento que en sus monasterios”.

Los mesones y ventas del camino eran para la Madre y sus monjas un tormento. Su fiel capellán y compañeros en tantos caminos, Julián de Ávila, dice “lo que tenían de bueno estas posadas, es que no veíamos la hora de vernos fuera de ellas”.

De esta estas fueron las ventas del camino de Sevilla que describe María de San José.

El 21 de Mayo, víspera de Pentecostés, la Madre Teresa sufre “una muy recia calentura”, así nos lo describe ella: “jamás de tal manera en mi vida me ha dado calentura, que no pase muy más adelante. Fue de tal suerte, que parecía tenía modorra, según iba enajenada. Ellas a echarme agua en el rostro, tan caliente del sol, que daba poco refrigerio”.  Llegan a la posada de las Ventas de Alcolea, “mala posada”, según María de San José, que nos describe la estancia en dicha venta: “… le dio a nuestra Madre tan terrible calentura, que comenzó a desvariar, y el refrigerio y reparo que para tan terrible fiebre y recio sol, que le hacía grande, teníamos, era un aposentillo, que creo habían estado en él puercos, tan bajo el techo que apenas podíamos andar derechas y que por mil partes entraba el sol, que con mantos y velos separábamos; la cama era tal cual nuestra Madre la significa en el libro de las Fundaciones, y sólo esto echaba de ver y no la multitud de telarañas y sabandijas, que había, y esto que estuvo en nuestra mano remediar, se hizo. Más fue lo que pasó por el espacio que allí estuvimos, con los gritos y juramentos de la gente que había en la venta y el tormento de los bailes y panderos, sin bastar ruegos ni dádivas para los hacer quitar de sobre la cabeza de nuestra santa Madre, que, con la furia de la calentura, estaba, como he dicho, casi sin sentido; al fin, tuvimos por bien de sacarla de allí y partirnos con la furia de la siesta…”

La Madre en su Libro de las Fundaciones nos dice cómo fue su estancia en tal lugar: “… una camarilla a teja vana; no tenía ventana y, si se abría la puerta, toda se henchía de sol (habéis de mirar que no es como el de Castilla por allá, sino muy más importuno). Hiciéronme echar en una cama, que yo tuviera por mejor echarme en el suelo, porque era de unas partes tan alta y de otras tan baja, que no sabía cómo poder estar, porque parecía de piedras agudas…”.

Las monjas con sus mantos y velos tapaban las entradas al sol y echaban agua en el rostro de la Madre  para su alivio. La Madre Teresa consideró  que lo más oportuno era levantarse y “que nos fuésemos, que mejor me parecía sufrir el sol del campo que no de aquella camarilla”.

En este mismo camino a Sevilla, el miércoles de Pentecostés, 25 de mayo, pasada Écija, la comitiva de la Madre Teresa fue a dar a otra venta, la venta de Albino, aún más infernal que la de la Alcolea.

Nos dice María de San José que allí no encontraron para comer más que “una sardina muy  salada”  -un arenque-, y ante la sede que les produjo la sardina, como no había dinero para pagar el pagar agua, que era más cara  que el vino: “fue tanto el aprieto en que nos vimos de la sed que causaron las sardinas, que viendo esto y que no había agua, dejamos de comer”.

 

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