Una vida, una misión

Una vida, una misión

Escrito en: dic 01, 2014

IMG_1741-1024x682Por Amaya Álvarez.

Pido perdón de antemano, este post amenaza con ser tremendamente emotivo. Aún no he comenzado a escribir y tengo los ojos aguados. Quizás me repita mucho, hablando de lo mucho que me marca un sitio o como dejo un trozo de mi corazón allí. Lo siento, pero no puedo escribir otra cosa, es la verdad. Se está quedando muchísimo de mi en este viaje, y me estoy llevando tantas lecciones de vida que, realmente, no sé como voy a acabar. ¿Qué será de mí después de todas estas experiencias? No tengo ni idea.

Sucumbíos, es… es un lugar hermoso, amazonia, naturaleza… Es el encuentro de muchos elementos muy fuertes, es ese lugar donde la tierra hace crecer la vida de manera indomable, donde el agua encuentra siempre su curso, donde los animales buscan su hueco y suenan a todas horas.

También es un lugar donde el hombre quiere llevarse un trocito de esa riqueza, y tala partes de la selva para construir industria en sus faldas. Siempre inmensa y amenazante, la montaña da la sensación de que en cualquier momento se puede caer y engullir todos esos esfuerzos humanos.

Sucumbíos es de esos lugares donde no puedes dejar de sentir un orden superior de las cosas.

Al llegar allí, al visitar las comunidades todavía se resiente un conflicto pasado pero vivo en sus heridas. Se nota también que no se mira atrás, no es que se quiera regresar a como eran las cosas, si no que se está intentando construir un futuro que cierre esa brecha que se abrió. Un futuro común donde todos tengan cabida. Yo no me siento con capacidad, criterio ni posición para hablar de dicho conflicto. Pero en Sucumbios, a día de hoy, tampoco es posible obviarlo. En cualquier caso se vislumbran los puentes, los caminos hacía una reconciliación y yo me quedo con eso.

Sin embargo, personas que estuvieron trabajando allí durante 40 años, tuvieron que marcharse en un momento dado. Tuve la oportunidad de compartir trayecto y conversación con una de esas personas, Juan, el Padre Juan, cuya generosidad aplastante traspasa su mirada. Cuyos gestos hablan más que un millón de palabras.

Juan nos acompañó en esta visita, y al llegar a cada localidad desaparecía entre besos y abrazos, todo el mundo le rodeaba. A veces el mínimo gesto casi imperceptible transporta un mensaje inmenso. Te queremos, Juan, se leía en todas partes. Y tanto es así, que por contagio empecé a quererle yo también.

Y Juan no es el único, es sólo la persona con la que compartí más momentos, no me cabe duda de que este sentimiento es extensivo.

Lola, la hermana Lola, monja Teresiana. Mujer rompedora de prejuicios y barreras. Mujer que se ha reinventado a sí misma y se ha volcado en sanar heridas, las que deja el campo en los habitantes de esta región y las que se ocultan en el corazón.

He redescubierto una belleza humana muy necesaria en Sucumbíos. Nace como todo allí, como las flores, como los árboles, variados, coloridos, vitales y enormes.
Qué grande es todo en la Amazonia. Empezando por los corazones. Así que me voy. Me voy de allí con la voluntad férrea de ser mejor. De ser más justa, más generosa, de abrir más mi corazón… en poco más de 24 horas han provocado eso en mi… no puedo imaginar lo que se ha podido lograr en años de trabajo.

Gracias por dar vuestra vida en las misiones, a Juan y a Lola, por supuesto, a las demás personas que viven y trabajan en Sucumbios o en cualquier otro lugar, a todo aquel que logra ese grado de entrega.

Y gracias también al Obispo de Sucumbios, Celmo Lazzari, por acompañarnos y compartir todo el trayecto.

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